Fronteras I

El Centro de Acogida que Cáritas tiene en Rabat no es un hospital pero muchos días lo parece. Desde finales del 2013, cuando el gobierno marroquí anunció su nueva política de regularizaciones y dejó de aplicar las expulsiones a Argelia para reagrupar a los inmigrantes en las ciudades, Rabat está saturado. El Centro está saturado. En el mes de marzo el Centro parecía un hospital. Habían llegado 300 inmigrantes de los cuales cuarenta venían con heridas graves producidas por nuestras concertinas, ésas que están colocadas en la valla para disuadir y que, según el ministro Fernández Díaz, no hacían tanto daño. Esta es la situación cotidiana de nuestra frontera. Emigrantes buscando una nueva vida, que son tratados como delincuentes, que sufren disparos, que se ahogan o que regresan heridos por donde vinieron.

Es el clamor de los pobres, al que hacemos oídos sordos. Es el clamor de los pobres que no se hace carne en nosotros, que no nos estremece las entrañas de dolor. Los discursos de los políticos ignoran la realidad del sufrimiento de tantas personas, discursos que hablan de cifras y números, de invasiones, de que vienen a quitarnos lo nuestro, como si la tierra tuviera derecho de propiedad. Así se habla de avalanchas, de razones de Estado, que desvían la atención de lo verdaderamente importante: son personas, seres humanos. Este hecho tan simple y elemental es el que se ignora en la práctica en las políticas migratorias de la Unión Europea; políticas crueles e inhumanas. Porque no es sólo la frontera española, ahí están Lampedusa y tantos lugares más donde se viven los trágicos efectos de no saber o no querer mirar la realidad frente a frente. Mirar cara a cara a los pobres, víctimas del abismo de la desigualdad que hemos creado en nuestro mundo; un mundo donde las fronteras se inventaron para separarnos. Como decía la canción: entre tu pueblo y mi pueblo hay un punto y una raya, con tantas rayas y puntos el mapa es un telegrama…

Hay que cambiar de raíz nuestra mirada y obligar a que nuestros dirigentes la cambien y ver al migrante como un ser humano que nos invita a acogerlo y tener el valor de encontrar todo lo bueno de la humanidad en su rostro sufriente. Hay que acompañarlo en su lucha por una vida digna. Hay que desterrar el odio, hay que tumbar las vallas, eliminar las fronteras y abrazar y acoger para crecer y ser mejores. La Tierra es de todos….

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Dimas Haba

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