Fronteras IV

Para la población palestina, entrar en la ciudad de Jerusalén durante todo el año es un sufrimiento añadido a la permanente situación de conflicto en la que viven. Largas colas ante los puestos de control que se abren en el muro, enojosas medidas de seguridad, hacinamiento, indefensión. La férrea presión disminuye si se trata de niños, ancianos o personas enfermas, pero los miles de palestinos que cada día van a trabajar deben añadir unas cuantas horas más a su jornada laboral, mientras acceden a la capital.

Desde el lunes de esta semana, y hasta el domingo, la entrada a Jerusalén ha sido ya totalmente prohibida, como medida de seguridad. Son los días previos al Pesaj, la fiesta grande de los judíos, y el miedo es siempre pretexto poderoso para aumentar la represión. Los problemas que acarrea este castigo colectivo llevan a imaginar el futuro de la capital israelí inexorablemente ligado a una división étnica. Jerusalén no es más que un emblema del conflicto que sacude Oriente Medio. En el resto de la zona la división adquiere dimensiones dramáticas, simbolizadas en esos tres muros que separan los territorios palestinos del resto del mundo. La “valla de seguridad” (así la llama el gobierno israelí) que rodea Gaza se extiende también por el mar, pues desde 2007 se mantiene un bloqueo marítimo para toda la franja.

Los efectos terribles de estos muros sobre la población palestina son más que conocidos, tanto a nivel demográfico como económico, aún contando con que la información que nos llega pasa por filtro israelí. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta vivirlo cada día: tener restringida en la práctica la libertad de movimientos, no poder llegar a tiempo a un hospital, haberse visto desplazado para dejar sitio a toneladas de hormigón, dar un inmenso rodeo para llegar a la escuela o la universidad… Una segregación racial, un apartheid abiertamente ilegal ante los ojos indiferentes o cómplices de la comunidad internacional. No son muros que protejan a los de dentro, sino que tratan de escarmentar a los de fuera.

Todo el problema de paz en Oriente medio es un problema de fronteras, de muros dentro de otros muros, de amarguras que se suman a la violencia generalizada, y no podían faltar en la reflexión de esta semana. Mientras, en la Ciudad Santa de Israel, los judíos se disponen a celebrar su Pascua y los cristianos la muerte y resurrección de Jesús. Un palestino, por cierto.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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