Fuego y cenizas

Hace una semana fui evacuada del pueblo de la Sierra de Gata en que pasaba unos días de vacaciones, junto con casi mil vecinos. Les puedo asegurar que ya no olvidaré los rostros de tensa crispación de esos hombres y mujeres, que de madrugada debieron abandonar todo aquello que tenían; ni el olor a quemado, el resplandor de las llamas en la noche, las cenizas golpeando el cristal del coche mientras me dirigía al polideportivo que habían habilitado para los habitantes de la zona. Fui testigo de conversaciones tranquilizando a familiares y amigos, o de la angustia al saber que animales, granjas y miles de hectáreas de enorme valor ecológico y paisajístico habían desaparecido. Yo era forastera y perdí poco, ni siquiera volví al lugar. Los vecinos lo hicieron dos días después, y desde entonces trato de imaginar la imagen dantesca que encontrarían a su regreso. Me pregunto qué debieron sentir al contemplar la piel levantada de sus raíces cotidianas y darse cuenta de que el incendio, junto con parte de su futuro, había arrasado también su memoria.
Acebo, Perales del Puerto, Hoyos, Trevejo, Villamiel… Cada nombre un hachazo en esta letanía de fuego y ceniza que resuena por todo el país. Antes de Cáceres ya fueron 50.000 las hectáreas quemadas en Galicia, Asturias, Cantabria, Euskadi, Andalucía, Aragón… Algunas de esas primeras quemas del verano coincidieron con la aprobación en el Congreso de la nueva Ley de Montes, que permite construir en terreno incendiado antes de que pasen los treinta años de rigor. La jugada no admite réplica: antes solo se lucraban las empresas madereras, que compraban madera quemada, igualmente útil, a bajo precio, y hoy cualquier particular puede comprar suelo forestal, incendiarlo, obtener la recalificación y vender suelo urbanizable. ¿Les parece perverso? Pues entonces mejor no hablamos de los recortes en el mantenimiento de los montes, de la falta de coordinación entre los efectivos o de las condiciones laborales de las brigadas forestales, que por cierto, están de huelga indefinida pero siguen realizando su labor como voluntarios.

Ahora humea el campo, y quemará por décadas el dolor por la tierra devastada. Para aumentar la herida, algún político, en un alarde de cinismo, ha pedido que busquen a los culpables incendiarios y no responsabilicen al marco legal. Habrá que hacerle caso: puede que los encontremos cómodamente sentados en mullidos sillones de amplios despachos que nunca se queman.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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