Goles de la vergüenza

Hay países que nunca jugarán la Eurocopa, pero en cada partido saltan al campo con los jugadores. Saltan en forma de balón, o de zapatillas fabricadas a miles de kilómetros de Europa, normalmente por niños que son sacados de las escuelas por sus padres para que contribuyan a la economía familiar. Niños que no saben jugar al fútbol, desde luego, ni tienen tiempo de dar patadas a esos magníficos balones que dejan cicatrices en sus manos cuando los cosen. Ésta es una de las caras más amargas de la explotación infantil, pero no es la única: unos 165 millones de niños en el mundo trabajan durante largas horas y en condiciones peligrosas, una realidad lacerante siempre vinculada a la pobreza. ¿Hay alternativas? Claro que sí. Se pueden sacar a la luz esas situaciones de explotación y reflexionar sobre ellas, como hoy hacemos. Y se puede –sólo es un ejemplo- concienciar a nuestros hijos sobre la falta de ética de determinadas marcas deportivas que se “ponen las botas” a costa de la infancia robada de muchos niños. Nuestra capacidad como consumidores tiene mucho poder, hagamos algo. Al menos, para no sentir vergüenza cuando gritemos gol.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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