Gorrilla

Cuando llueve como esta semana no puedo evitar acordarme de gente como Juan. La vida desde nuestras confortables casas nos hace olvidar que uno de los problemas a los que se enfrentan las personas que viven en la calle es la lluvia, y es sólo uno más. Juan aparca coches en la Merced. Para él esta ha sido la alternativa “digna” a su anterior ocupación; vender drogas. Antes me parecía que pagarle a una persona por indicarme que aparcara en un aparcamiento era un timo, pero he conocido a Juan, que se preocupa por limpiar la zona, rellenar los baches con grava, vigilar los coches, … Juan hace “precios especiales” para los estudiantes y protesta porque los de “los botellones” le robaron un espejo que había comprado para facilitar el aparcamiento. Cuando te acercas a una persona y conoces su historia te acercas a comprender de dónde surgen sus acciones. Los aparcacoches que conozco pasan largas jornadas atendiendo su trabajo, procuran ponerte buena cara, aceptan la propina que les des por mantener el coche aparcado el tiempo que necesites, incluso que no les pagues nada, te indican los mejores sitios para aparcar,… Sin embargo, parece que el ayuntamiento prefiere las frías e inútiles líneas azules, ¿será que son más estéticas y dan más lustre a la ciudad o será que implican más ingresos? A mí me provocan preocupación por el futuro de Juan, que no resulta rentable y sí molesto para nuestra conciencia.

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Javier Rodríguez

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