Guantánamo

Es el símbolo más evidente de una cultura decadente que se muere y se debe morir. Recordarán aquel trío de las Azores en el que, de pronto, como adquiriendo un prestigio que nuestro país no había tenido desde los tiempos de Felipe II, aparecía el entonces presidente del gobierno español: José María Aznar. Fue hace 10 años y parece que de aquello pasó un siglo. Nos prometieron el oro y el petroleo, años de prosperidad, concesiones ilimitadas para operar allende el desierto a cambio de que vendiéramos nuestra alma al diablo. Y ya ven cómo quedamos.

Un par de años antes había ocurrido lo de las Torres Gemelas: un ataque al corazón de la bestia impensable hasta entonces, nunca el país más poderoso del mundo había sufrido un ataque tan fuerte en su centro financiero, en su centro militar y -casi- en su centro político de manera simultanea. Y se inició la “Guerra contra el Terror” donde valía todo: ataques a la intimidad, detenciones masivas, invasiones de países. Todo para acabar con un sólo hombre que deambuló durante una década por delante de las narices de los que lo buscaban mientras las guerras provocadas para ello se llevaban por delante más de cien mil personas.

En medio de todo aquello se detuvo a cientos de personas procedentes principalmente de Afganistán. Se dijo que pertenecían a Al-Qaeda y con eso se justificaba todo. Pero lo cierto es que ninguno de ellos se estableció acusación en firme alguna, no hubo juicio, no se pudieron defender y el campo de concentración donde fueron detenidos se ha declarado al margen de la legislación internacional. Sobre las condiciones de vida del penal mejor ni les hablo, ya habrán visto ustedes las imágenes en algún momento.

Tal es la vergüenza que el asunto llevó al actual presidente de USA a prometer en su primera campaña electoral el cierre de Guantánamo. Tal es el poder de los que organizaron todo esto que el penal sigue abierto.

Y debiera ser cerrado: es el símbolo de un poder occidental que se consideró paladín de la democracia y que creyó que podía usar cualquier método para defender los Derechos Humanos, aunque fuera con métodos contrarios a estos, es el símbolo de la hipocresía que bajo el paraguas de la superioridad moral se permitía el horror como método de subyugación de los pueblos.

Sus responsables no responderán ante nadie por esta barbaridad -y debieran-. Nosotros debíamos exigirlo. No se debió permitir.

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Javier Rodríguez

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