Hilo conductor

fondoAyer mismo nos desayunamos con la noticia de que las mujeres onubenses son las peores pagadas de todo el país. Y que además, para igualar su salario al de los varones onubenses, han de trabajar 62 días más (estamos en 2016, en pleno siglo XXI, a modo de recordatorio). Es decir: hay empresarios que, por el hecho de ser mujer, pagan menos a sus empleadas que a sus compañeros. También hemos visto como el cantante Alejandro Sanz se tiene que bajar del escenario para evitar que un tipo agreda a una mujer, allí mismo, en una sala abarrotada de público (no queremos ni pensar lo que ese tipo será capaz de hacer en privado). Es decir: hay personas que entienden que tienen algún oscuro derecho sobre las mujeres, por el hecho de ser mujeres, y que son, de alguna manera, una propiedad.

Más: todas las semanas alguna mujer muere en manos de su pareja, con el argumento de los celos, la fidelidad o cualquier otra excusa, excusa que sólo enmascara un machismo heredado, ancestral, pegajoso, anacrónico (si es que alguna vez pudo tener sentido). Y si nos asomamos a la violencia de baja intensidad: un submundo aterrador, el acoso, el control, el romanticismo absurdo de adolescentes que someten a sus parejas con comportamientos que parecen traídos del siglo pasado, aplicaciones de móvil para monitorizar a las chicas, para aislarlas, doblegarlas, inutilizarlas…

¿Qué pasa? No tiene sentido que en esta cuestión de la igualdad (o de la equivalencia, si lo prefieren) de los sexos, de la condición de “persona” por encima de la “identidad”, no tiene sentido, digo, que estemos retrocediendo tanto y tan rápido. Y sin embargo así es, así está siendo. Y lo estamos dejando pasar. Nos manifestamos, sí. Ponemos el grito en el cielo, también, hacemos carteles, manifiestos, artículos. Pero lo dejamos pasar: no se corresponde la reacción social con las dimensiones de esta realidad del machismo.

No es un problema de algunos hombres, no es un error puntual del sistema, una anécdota. Es un problema que nos atañe a todos y todas. Porque el machismo está inculcado en capas muy profundas de la sociedad, y cuando no es visible sigue latente, esperando las condiciones oportunas para volver a brotar, cada vez con más virulencia. Entre la broma machista y el asesinato de una mujer hay una distancia en términos de gravedad, pero hay un mismo hilo conductor. Así que mientras no dejen de morir mujeres ni una broma, ni una concesión al adolescente machito, ni un respiro al empresario que discrimina. Estamos en el siglo XXI, nada de todo esto tiene sentido.

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Gonzalo Revilla

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