Historias mínimas: Carmen

Despidió a Bashir por última vez antes de que se montara en el autobús. Tal vez no lo volviera a ver. Habían compartido dos veranos. Él llegaba de los campamentos de Tinduf, en el desierto de Argelia. Era un saharaui como tantos otros miles, que sobrevivían a las duras condiciones de un exilio indecente y demasiado duradero, y al que la solidaridad internacional regalaba unas vacaciones en el país que causó la desafortunada descolonización del Sahara, su tierra natal. Al pie del autobús sintió que dos lágrimas resbalaban por sus mejillas y recordó la primera vez que lo vio, con esa expresión de sorpresa ante el mar, con los ojos muy abiertos y la sonrisa llenando su cara, correteando junto a sus hijos por la playa, gritando y gesticulando para hacerse comprender.

Habían sido unas vacaciones en paz y ahora Bashir volvía al polvo del desierto, a los campamentos del exilio, a unas condiciones de vida duras y extremas, esperando un referéndum que no iba a llegar nunca. Carmen se sentía orgullosa de haber colaborado aunque sólo fuera durante tres meses a la felicidad de ese niño, que ya no volvería más, que ahora tendría que ayudar a su pueblo en la lucha por la dignidad y la justicia. Era todo tan absurdo: la forma en que los acuerdos de Naciones Unidas valían menos que un billete del “monopoli”; la hipocresía de los gobiernos europeos, dando una de cal y otra de arena; la desfachatez de los distintos gobiernos españoles, que han mirado y siguen mirando para otro lado. Y en medio los niños jugando, estudiando, gritando, madurando a pasos agigantados.

Alzó la mano por última vez y dijo adiós a ese niño que ya era familia suya. El día anterior, mientras ella tendía la ropa, Bashir jugaba al fútbol con sus vecinos marroquíes. ¡Qué fácil ´-pensó entonces- hacen las cosas los niños! Para ellos no hay países, ni cuentas pendientes, ni litigios internacionales. Un saharaui y dos marroquíes jugaban tranquilamente y se abrazaban y se reían. Esa tarde en la plaza de su bloque dejaron de existir las fronteras. Ojalá, se dijo, los políticos, los gobernantes, fueran como niños y arreglaran los problemas como lo arreglan los niños. Seguramente no habría guerras, ni campos de refugiados, ni campamentos en el desierto, ni exiliados, ni odios y tal vez Bashir pudiera vivir dignamente.

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Dimas Haba

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