Historias mínimas: Cinta

SE dio cuenta de que no estaba respirando. Y casi podía escuchar el agitado latido de su corazón. Abrieron el pequeño ataúd y empezaron a tomar fotos y muestras. Si determinaban, como ella siempre había sospechado, que allí no estaba su hijo enterrado, mil puertas nuevas se abrirían, un montón de esperanzas y miedos, ir mirando por la calle a cada hombre de cuarenta años, porque cualquiera de ellos podría ser su hijo, una herida abierta en su pecho de madre y mujer. Una locura que nunca debió comenzar. Cuando dio luz en aquella clínica le dijeron que su hijo había muerto, pero nunca llegó a ver el cadáver. ¿Cómo iba a sospechar de aquel médico tan amable y de aquella monjita que le cogía la mano y le acariciaba la frente?

Luego vinieron las sospechas, las noticias de la prensa, un montón de madres y padres buscando a sus hijos desaparecidos, la peor de las pesadillas. Movió cielo y tierra, y por todos lados encontró obstáculos, silencios, mentiras. Se paseó por media España, hablando con unos y otros, hasta que por fin consiguió que un juez le autorizara a abrir la tumba donde debía estar enterrado su hijo, ese que con tanto esfuerzo consiguió parir. Una madre soltera en aquella época estaba muy mal mirada, pero ella siguió adelante, con la cabeza alta y el orgullo intacto. Quería a aquel hijo y quería cuidarlo, se sentía capaz, fuerte, esperanzada. Todo iba bien y el parto fue rápido, pero enseguida el mazazo: “El niño ha nacido muerto”. Y ese dolor agudo, fuerte, que se clava en las entrañas, hasta desembocar en un llanto desesperado. Consiguió rehacerse, empezar de nuevo, vivir con la duda, pero vivir a tope. Por eso ahora quiere saber la verdad, descansar de tantas mentiras, que se haga justicia.

El ataúd estaba vacío. Nunca habían enterrado a nadie allí. Unas cuantas piedras y ya está, eso era todo. Otra vez el dolor, otra vez el llanto, otra vez la rabia. ¿Cómo podía pasar eso en un país desarrollado, en un país democrático, en un país europeo? Pero ella tenía fuerzas, tenía amigos, tenía derechos y no iba a desfallecer. Iba a seguir buscando hasta que la salud se lo permitiera y estaba segura de que lo iba a encontrar, de que iba a poder abrazarlo y compensarlo por todo el tiempo que les habían separado. La esperanza seguía intacta y ahora nadie podría quitarle la ilusión de besar y tener entre sus brazos a ese hijo que tanto quiso y deseó.

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Dimas Haba

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