Historias mínimas: Emilio

Cuando sonó el despertador sintió un enorme hastío, le dolía todo. Poco a
poco se hizo la composición del momento, se encontraba en un adosado
de una zona de playa, se había acostado tarde por haber quedado para cenar
con unos amigos, la conversación se había animado hasta altas horas,
aunque por momentos le pareció que más que una cena de amigos era una
especie de competición sobre últimos modelos de smartphones, tablets,
coches o viajes exóticos. No sabía porqué pero él también quería tener esa
foto a los pies del Taj Mahal en la India con su mujer, como la que había
visto en la estantería de la casa de sus amigos.

Y ahora, que apenas eran las seis de la mañana, ya sabía que no llegaría a
su espacio de veraneo hasta bien entrada la tarde, que le quedaba por
delante un agotador día de ventas, clientes, visitas y balances. Se armó
de valor y se levantó de la cama. En la casa todos dormían, de pronto se
dio cuenta de lo rápido que estaban creciendo sus hijos, y de lo poco que
los veía, eso sí, sentía la satisfacción de haberles podido dar lo que él
nunca tuvo: buena ropa, veraneo, viajes, y esa sensación de seguridad
cuando los recogía del colegio en su potente coche.

Salió apresurado, porque ya iba tarde y el atasco de entrada era seguro.
En la carretera no pudo evitar la tentación de ir viendo mails para
preparar la agenda del día cuando perdió el control del coche y terminó en
la cuneta. En ese momento su vida pasó fugazmente por su mente, y
aparecían eventos, compras, caprichos, dinero, dinero, dinero, pero apenas
podía recordar la última vez que le dijo a su mujer que la quería, o
cuando había pasado una tarde con los niños paseando por la playa. No supo
ponerle nombre a los compañeros de trabajo, que siempre había visto como
competidores, ni a nadie más que no fuera él, él mismo, y aquellos a los
que le pudiera sacar algún beneficio.

Mientras se lo llevaban en la ambulancia, se quedó mirando el coche
destrozado y su smartphone, su tablet, su chaqueta elegante y su hipérbole
económica. Respiró, dio gracias a Dios por seguir vivo, y dio gracias por
comprender que el único tesoro del que disponía era su propia vida y la de
la gente que le quería. A partir de ese momento sabía que el único viaje
imprescindible que debía hacer era al del fondo de su humanidad, sí ese
lugar profundo al que todavía no se había asomado. No necesitaría ya más.

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Victor Rodríguez

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