Historias mínimas: Félix

Frotó con fuerza la pintada que habían hecho en la puerta del despacho. En aquellos momentos lo único que deseaba era mandarlo todo a freír espárragos, ocuparse de su asuntos, dejar que aquellos ingratos se arreglasen como mejor entendieran con la empresa. Allá ellos. Siguió frotando la maldita pintada: “Parásito”, había escrito algún compañero. Llevaba muchos años de enlace sindical y aquella palabra no hacía justicia a los desvelos, las reuniones, las broncas y las decepciones que había tenido que tragar. Pero las mentiras repetidas terminan pareciendo verdad, y con la empresa entrando en un concurso de acreedores los mentirosos estaban en su salsa; el miedo al futuro agranda los odios y los egoísmos. Negociar condiciones laborales no es tarea agradable, pero las pequeñas victorias y la falta de candidaturas lo habían obligado a permanecer. Ahora su credibilidad había sido engullida por la “opinión generalizada”, todo lo representativo, todo lo político en tela de juicio. (Si todos sinvergüenzas, todos aprovechados, todos ladrones, ¿quién gobernará esto? -opina Félix-, y si el sindicalismo de proximidad, el gratuito y desinteresado tampoco sirve, ¿a quién llamamos?, ¿nos inventamos ya un sátrapa?).

Cuesta la misma vida limpiar la puñetera palabrita y a Félix se lo llevan los demonios. Recuerda enfadado que nadie hizo huelga la última vez, que nadie asiste a las movilizaciones, que nadie opina sobre política más que lo evidente, que todos sucumben a las campañas de desprestigio de los sectores más conservadores, que está a punto de patear la puerta y mandar al carajo a todo el que le escuche, pero se detiene un instante, coge aire como le había enseñado aquel entrañable profe del instituto, y antes de desbordarse cambia de opción. Deja de limpiar el cristal, coge un rotulador del mismo color y devora la palabra: no podrá ningún parásito capitalista enfrentarme con ustedes, mis compañeros, juntos trabajamos y juntos nos echarán, ¡ánimo!

Él ha sido el liberado sindical para representar a sus compañeros y jamás ha sido un ocioso privilegiado. Félix siente que ahora sí ha dado el paso; hasta el final no va a contentarse sólo con representar sino que liderará a esos desagradecidos, peleará hasta el último céntimo y dejará las buenas formas para el bar. Félix, el trabajador, el enlace sindical, dejará la empresa con la cabeza bien alta señalando además a los sumisos y a los estafadores.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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2 Responses

  1. Anónimo dice:

    viva el sindicalismo libre!!

  2. otroFélix dice:

    Así me he sentido yo este año.

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