Historias mínimas: Julia

Cada dos veranos viajaba a España. Aprovechaba para ver a la familia, para visitar a sus donantes o buscar otros nuevos, para desconectar y tomar distancia de un proyecto de cooperación en el que había empeñado su vida. No se arrepentía: en pocos años se notaban los avances en aquella zona tan complicada de África, y los indicadores mostraban una mejoría en las condiciones de salud de las mujeres y los niños. Pero todo se ponía ahora muy cuesta arriba: Europa había cerrado bruscamente el grifo de la cooperación internacional, mirándose el ombligo de su propia crisis, olvidando que el Sur era la primera víctima de aquella locura capitalista que había ordenado el mundo tan injustamente.

Entre su propia familia y amigos, con los que compartía estos días de descanso, notaba cómo había calado ese rechazo a la ayuda al desarrollo de los países empobrecidos. Siempre la habían apoyado, conocían y valoraban su trabajo, pero notaba ahora cómo algunos justificaban los brutales recortes en cooperación, que habían reducido las aportaciones públicas en un 70% en sólo dos o tres años. Era difícil cambiar esa opinión cada vez más extendida de que “primero los de casa”. Claro que estaba de acuerdo, les decía, no se trataba de aceptar la desigualdad dentro mientras fuera se trabajaba por la justicia. Pero en un mundo cada vez más global eso del “dentro” y del “fuera” no dejaba de ser una excusa perversa. Como ciudadana del mundo, ella sabía que el desarrollo, y los derechos universales de las personas, no pueden ni deben tener fronteras.

Les hablaba del viejo Mufasa, y del pequeño Karani, y de Aminata, su madre. Lo que para los demás se reducía al mensaje simple de que “donde no hay no se puede regalar”, para ella se abría a los nombres y los rostros de mucha gente. Y los injustos recortes que aquí se estaban cebando en los que tenían menos recursos, allí significaban no tener agua potable, ni vacunas para los niños, ni la mínima posibilidad de ir a la escuela. Julia sentía que el peor recorte no era el del dinero, sino el de la capacidad para mirar más allá de uno mismo, que era lo que nos identificaba como seres humanos. Y a pesar de su esperanza incombustible, eso le producía un gran desaliento.

Una vez más, sus maletas volverían llenas de entusiasmo, de ganas, junto a las medicinas y el material sanitario que solía llevar. Y esta vez, no podría evitarlo, también de dolorosa tristeza.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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