Historias mínimas: Laura

ESTE año, el verano no era sinónimo de vacaciones. Su marido y ella misma formaban parte ya de lo que las estadísticas llamaban “parados de larga duración”. Y no se quejaba: podía haber sido peor, porque habían conseguido permanecer en su vivienda, después de meses de miedos y lucha contra una entidad bancaria que, claramente, los había engañado. Ella, que jamás había participado en ninguna manifestación ni protesta, se había convertido, junto a su marido, en un miembro activo de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas.

Pero esa mañana estaba cansada. No se puede vivir sin trabajar, sin sentirse parte de lo que te da de comer, sin relacionarse en un ambiente productivo, ella no. Jamás había tenido que plantearse las bondades del trabajo, quizás su recién descubierto activismo le aportaba ingredientes críticos, y también demoledores, como escuchar a tanta gente tener que elegir entre dar de comer a sus hijos o pagar la hipoteca. Necesitaba trabajar, y quizás su marido más. No encontraban nada, sólo invitaciones al emprendimiento, ¡mierda de palabra! Esa mañana estaba realmente cansada; sus miedos, la tristeza, el calor y la desesperanza tiraban de ella, ¡mierda de vida! Antes de quedarse parada había conocido todas las dimensiones de la precariedad laboral: cobrar menos que ellos, un salario que disminuía constantemente, formar parte de un ERE y, al final, como a tantos, la patada a la calle. Pero nada era tan duro como no trabajar, era la peor precariedad. Malhumorada, consumidora de antidepresivos, ansiosa, impotente, y así cada día, pero esa mañana, más. Y el final, sin retorno, pasó por su cabeza, no pudo remediarlo. Con cerca de 50 años ¿quién iba a contratarla? Ella no había luchado para vivir de subsidios, sino de su trabajo. El calor, la ansiedad, el miedo de la gente que la visitaba en la PAH, quién sabe, pero pasó por su cabeza, lleno de certeza, como una tormenta insonora, oscura, tranquila. Y tras la tormenta sólo supo llorar, abrazada a su marido sin saber qué decirle, asustada por la certeza, atormentada por su debilidad, con el fondo clavado en su tacón.

A duras penas, Laura consiguió aquella mañana salir una vez más de casa. Volvió a codearse con las familias maltratadas por los bancos, y a buscar empleo, y a pasear al atardecer con su marido por la ciudad -este año no había vacaciones- y a preguntarse cada vez que se cruzaba con uno de esos paseantes desacostumbrados si también habría tocado fondo.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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