Historias mínimas: María

Había sólo dos personas que conocían su drama: su vecina y la trabajadora social a la que había acudido después de una de las palizas, una de las peores que le propinó la bestia que tenía por marido. Sabía que estaba llegando al final del túnel, que las agresiones irían a más, que no iba a cambiar por más promesas que le hiciera. Pero había decidido controlar ella los tiempos y, sobre todo, su entereza: no iba a doblegarse, no iba a convertirse en una amargada, no iba a creerse sus insultos. Por eso, porque no se iba a doblegar, seguía siendo una mujer feliz. Y decidida a terminar con aquello.

Intuía lo difícil que iba a ser todo. Las dificultades para ser creída por su propia familia, que adoraba a aquel trabajador y simpático hombre que se les mostraba en las cenas navideñas y las barbacoas veraniegas. Para ser creída por las compañeras de trabajo, que siempre habían envidiado los suntuosos regalos con los que se presentaba en la oficina, pero desconocían el dramático precedente de todo aquello. Para ser creída por la gente de su pueblo, donde aquella mala bestia era tan bien considerado que ya había sido llamado para encabezar las listas del principal partido de la oposición en las próximas municipales.

Pero le animaba la frase de la trabajadora social: “No tienes porqué seguir aguantado todo eso”. Ella sí le había creído. La primera persona que, después de su vecina, le animaba a terminar con aquella situación. Esta otra, por su parte, es la que le había puesto frente al espejo, la que le hizo despertar del sueño en el que vivió desde que empezó a “pasear” con aquel hombre. Por eso la evitó hasta el día que perdió el hijo del que estaba embarazada.

Ahora iba en aquel coche con las dos. No sabía muy bien hacia donde. Y le daba igual. Se sentía aliviada. Aliviada como hacía mucho que no se sentía. Se sentía segura, como hacía mucho que no se sentía. Se sentía esperanzada como hacía mucho que quería sentirse.

Aunque todavía estaba como en una nube o, mejor dicho, como formando parte de un reportaje de Informe Semanal de esos en los que salían las siluetas de mujeres como ella contando cómo habían logrado salir de esa situación, a las que siempre había considerado afortunadas, distintas a ella, privilegiadas porque ellas sí podían, mientras ella, se decía, simplemente no.

Hasta ese día en el que descubrió que ella también podía tomar las riendas de su vida. Y ahí estaba.

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Javier Rodríguez

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