Historias mínimas: Tomás

Se sentía estafado, profundamente estafado. Había tratado de suplir las carencias que los continuos recortes estaban dejando en el Centro de Salud de su barrio, procurar que la gente no sufriera las torpezas privatizadoras del Gobierno. Había participado también en las mareas y manifestaciones que se habían ido convocando, convencido de que el sistema sanitario que tenían, incluso con sus defectos, era demasiado valioso para dejarlo caer. Llevaba muchos años ejerciendo como enfermero, primero en hospitales, y ahora, casi terminando su vida laboral, en un Centro de Salud. Siempre le había gustado su trabajo, mucho más ahora, en esa “sanidad de cercanía”, pero últimamente la asaltaba demasiado la tentación de tirar la toalla, abandonar la lucha y esperar su jubilación.

No era cansancio. A estas alturas había aprendido a dosificar esfuerzos, se había hecho un buen corredor de fondo, de los que saben que la meta está lejos, que hay que seguir corriendo porque las conquistas sociales no llegan a las primeras de cambio. Y que cuando se llega a una de ellas hay que seguir, porque todavía queda mucho margen para que todo mejore.

No era decepción; de la derecha no esperaba nada, sabía que los herederos del caudillo sólo buscaban perpetuar el poder y que harían todo lo posible por engordar sus tremendas cuentas corrientes y las de sus amigos y familiares. Pero también había aprendido a no esperar nada de esos que se autoproclaman de izquierdas, socialistas, obreros, progresistas… pero que a la hora de la verdad hacen lo mismo que los otros, pero con más ambiguedades. Lo aprendió muy pronto: él era hijo de un obrero de fábrica al que el abogado laboralista Felipe González dejó tirado frente a los dueños de la empresa, así que no le sorprendió lo del PSOE y la OTAN, la reestructuración de los astilleros y las privatizaciones de aquel gobierno “socialista”. Él no creía en lo que podían hacer los gobiernos, creía en lo que podía lograr la ciudadanía, así que no le decepcionaba que un gobierno “vicepresidido” por uno de su partido aplicara los mismos recortes que el gobierno central ordenaba.

Lo que le provocaba la tentación de tirar la toalla era, sencillamente, la perplejidad. No sabía qué hacer ¿Huelga, manifestación, encierro…? Ni sabía interpretar la pasividad con la que sus compañeros y sus vecinos recibían la mayor oleada de ataques a los derechos que él había conocido.

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Javier Rodríguez

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