Impotencia y bolsas de comida

La televisión sonaba de fondo. Ella se había dejado caer en el sofá, derrotada, y hacía rato que las lágrimas rodaban por su mejilla, por un surco que habían hecho pacientemente, día tras día, desde que el responsable de su empresa la había llamado para decirle lo que ya sabía: despedida. Fue como esas olas que uno ve venir de lejos, pero que al final igualmente golpean. Hasta ese momento su vida había sido difícil, pero viable: formación a trompicones, trabajos mal pagados, apuros para llegar a fin de mes, deudas… No había, en cualquier caso, vivido por encima de sus posibilidades, si acaso muy por debajo de lo que hubiera soñado.

Pero se rompió todo. De pronto el horizonte se disolvió, y no es que la vida se pusiera cuesta arriba, porque así era antes, sino que levantaron un muro justo delante de sus narices, y por más saltos que daba no lograba más que arañazos y desilusiones. Fue agotando el dinero del paro, después las ayudas, luego exprimió la exigua paga de sus padres, pidió préstamos a sus amigos… y todo esperando que la ola terminara de pasarle por encima. Tal cosa no ocurrió, pero si ocurrió que le cortaron la luz, que el tendero le dijo basta, que sus padres le pidieron una tregua, que sus amigos fueron desapareciendo ahogados en sus propios problemas, y que las lágrimas tallaron profundos surcos en su mejillas.

Procuraba que aquella impotencia que alojaba su pecho no se transmitiera a sus dos hijos, pero sabía que a veces la escuchaban llorar. Y el futuro mejor que había imaginado para ellos ya no conseguía soñarlo nunca. Malos tiempos. Muy malos. Le irritaban esas noticias llenas de cifras astronómicas, de datos complicados, de fraudes, de promesas, se sentía estafada por la vida, había trabajado muy duro, desde que apenas era una cría, y no había ningún premio que recoger, nada al final del trayecto, sólo un enorme muro infranqueable, un montón de negativas, puertas cerradas, abismos, mil metáforas que apuntaban siempre a los mismo: fin de trayecto.

La televisión sonaba de fondo, y ella seguía derrumbada en el sofá. Los niños dormían. Ella rumiaba su impotencia: hoy había dado un paso más, hoy había bajado otro escalón. Junto a la puerta de entrada había una bolsa de comida: se había puesto en una larga cola de gente que cargaban la misma impotencia, había respondido una preguntas de unas señoras voluntariosas y condescendientes, habían escrito su nombre en una ficha y le habían dado una bolsa de comida. Con la mirada gacha había salido de allí, camino de su casa. Lo hacía por sus hijos, porque tenía que ponerles por delante un plato de comida a diario. Pero aquella bolsa junto a la puerta pesaba mucho más de lo que nadie podía imaginar. Mucho más.

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Gonzalo Revilla

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