In memoriam

Se acabó. Estaba sobre la barandilla del Puente Sifón, el mismo en el que había estado pescando tantas veces. Pero esta vez no trajo la caña. Se acabó. Trataba de hacer balance de su vida, pero no sabría decir cuál era el saldo. No conoció demasiado eso que llaman felicidad. Le gustaba pensar de sí mismo que era un buen hombre, aunque sabe que a la hora de meter la pata lo hizo hasta el fondo. Se equivocó, y cuánto. La cárcel se convirtió entonces en su hogar, en su mundo, en su tristeza. No lo reinsertaron, claro. Pero sí que lo institucionalizaron. Cuando salió sólo le quedaban algunos restos por vivir, trató de aprovecharlos, y lo hizo a ráfagas. Pero todo eso, mirando ahora hacia atrás, le parecía efímero. ¡Qué corta parece la vida cuando uno está en el final! Había imaginado tantas veces otra vida distinta, otras oportunidades, un borrón y cuenta nueva que le devolviera a su infancia. Pero eso no podía ser: hay que apechugar con lo que uno va siendo, con los aciertos y con los errores: él sabía cuánto pesaban los errores, y aún así intentó vivir. Lo intentó, pero ahora se acabó. Era un día espléndido para poner punto final. No dejaba atrás gran cosa: tan sólo un puñado de buenos amigos que había conseguido arañarle a la vida. Se dejó caer, intentando imitar el arco que trazaba el anzuelo de su caña. Sintió que se dispersaba dulcemente. Miró hacia arriba por última vez, y vio a sus amigos asomados en la barandilla. Uno de ellos aferraba una pequeña urna. Algunos lloraban. Nada más.

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Gonzalo Revilla

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