«~Inmigración~»

Palabra-cajón que sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Hay quien la entiende como amenaza, hay quien la pronuncia con voz de experto, o quien la desprecia, o quien trata de adaptarse a ella. Para muchos –ya casi un diez por ciento en España- ha significado dejar las raíces, lo propio, lo que a uno le identifica, para llegar (tras una aventura nunca fácil) a un lugar con costumbres distintas, puede que con religión distinta, con una forma de hacer política distinta, para buscarse la vida, para trabajar y prosperar. Es un fenómeno viejo. En los años de la posguerra nuestros abuelos emigraron a Alemania, a Suiza, o Francia, o Belgica… para encontrar un trabajo que aquí se les negaba. Ayudaron al crecimiento económico de esos países y pudieron mejorar las condiciones de vida de sus familias. Ahora han cambiado las tornas: es nuestro país el que recibe inmigrantes, el que crece económica y socialmente gracias a ellos. Trabajan en la agricultura, la construcción, el servicio doméstico, donde pueden. Y se adaptan con miedo a la nueva situación. Aguantan las miradas extrañas, tienen que justificar continuamente su decencia. El rostro de la inmigración es un rostro curtido por el sufrimiento, por la miseria, por horas de viaje tras el sueño de una vida más digna.

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Dimas Haba

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