Inmigrantes: no son un peligro, ¡están en peligro!

Ante la inmigración actual, la vieja y noble virtud de la hospitalidad ha sido cuestionada y hecha trizas en Europa. Hasta la misma palabra “hospitalidad” ya plantea una dificultad en sí misma, pues etimológicamente “hospes” (=huésped) proviene de la misma raíz latina que “hostis” (=enemigo). ¿Es que un huésped puede representar una amenaza real hasta convertirse en enemigo? ¿Qué peligros hay en la hospitalidad, en acoger a quienes llegan? “La civilización habrá dado un paso decisivo -puede decirse que “su” paso decisivo- el día en que el extranjero pase de ser enemigo a ser huésped, es decir, el día en que la comunidad humana haya sido creada” (Jean Daniélou).

Lamentablemente no es esa la dirección emprendida. La UE se encuentra bajo la presión de las políticas de rechazo ante los “sin papeles” que propugnan Italia, Francia, Alemania, Inglaterra y otros gobiernos, junto a la debilidad o docilidad del resto. Ya es bien conocido que eso es electoral y cosecha votos, mientras que no tiene aplauso social proponer políticas generosas y abiertas hacia la inmigración. Por eso, el Parlamento europeo aprueba con algunos retoques la llamada “Directiva de la Vergüenza”, dirigida a unificar y endurecer las políticas de los Estados miembros en unos términos ya bien conocidos y aireados sin ningún pudor. Los inmigrantes “sin papeles” pasan a ser considerados cuasi-delincuentes, con penas muy duras de reclusión y de posterior expulsión.

Nos presentan la llegada de personas inmigrantes como una invasión de “ilegales” que amenazan nuestro ensalzado bienestar y equilibrio social. Casi nadie nos explica la inmigración como el amargo fruto y la otra cara de una globalización mercantil y deshumanizante que va destruyendo las economías de muchos países del Sur, desde el empleo a sus estructuras sociales y su ecosistema. Únicamente nos dicen que los inmigrantes constituyen un peligro del que hay que defenderse mediante fuertes escudos legislativos con estrictas medidas de control y de expulsión. Rara vez hablan de políticas de integración y de cohesión.

Durante las décadas anteriores, Europa se benefició de los trabajadores/as extranjeros -expulsados a la periferia social, sometidos a leyes diferentes a las de los autóctonos, explotados, fragilizados por la xenofobia o el racismo declarado- y ahora estorban, no son necesarios. Estamos en tiempos de recesión económica, estamos en crisis, ya no los queremos en casa. Son población “sobrante” y es necesario que se vayan. Unos, los más duros, sostienen que hay que expulsarlos. Otros, como Zapatero, proponen además impulsar políticas de “retorno voluntario” concediéndoles de una sola vez la prestación por desempleo que les corresponda, así como microcréditos para financiar “proyectos que supongan su reasentamiento en la sociedad de la que partieron” (Ley de Extranjería, adicional 8ª).

Ante lo que está sucediendo y lo que se avecina, no podemos quedarnos inactivos. Las personas con ética y con corazón hemos de proclamar que “Los inmigrantes no son un peligro, sino que están en peligro”. Ellos son las víctimas, no nosotros. La hospitalidad (¿alguna vez la hubo?) ha saltado en pedazos ante el altar del monoteísmo del Mercado (es decir, “money-teísmo”). El Mercado considera a las personas como mercancías exportables o desechables. Y así no tenemos salida. El Mercado globalizado se ha convertido en el ídolo en cuyo nombre se justifican la exclusión, el hambre y la muerte de una parte de la Humanidad. Nuestra idolatría crece cuanto más tenemos. El Norte enriquecido se ha adueñado de la Tierra como si fuese de su propiedad. Si no limitamos nuestras ansias y deseos de crecimiento ilimitado (aunque lo llamen “crecimiento sostenible”), no habrá espacio para los otros. Como expresa José Luís Sampedro: “Vivimos en una época de barbarie. Se desintegra la civilización occidental tal como venía del siglo XV. Tiene razón Fukuyama, pero al revés: estamos en el final de la historia, pero no por haber llegado al colmo, sino por haber llegado al desmoronamiento. Aquí estamos en plena barbarie” (EL PAÍS, 19-4-07).

Rota la hospitalidad, sólo queda el miedo ante quienes llegan. ¿Vienen amenazando nuestro bienestar? ¿Qué nos van a quitar?… Lo que las personas inmigrantes vienen a quitarnos son las máscaras. Esa inmensa multitud que llama a nuestras puertas y choca contra nuestros muros viene a romper la gran mentira del sistema capitalista que habla de derechos humanos, cuando lo único que cuenta son los derechos del capital. A derribar el mito del desarrollo, cuando media humanidad se hunde cada vez más en arenas movedizas. A romper la mentira extendida como toldo protector bajo el cual transcurre nuestra vida cómoda. A poner al descubierto nuestros arraigados egoísmos personales y de grupo.

La hospitalidad pone a prueba nuestra capacidad colectiva para aceptar a quienes llegan aquí porque han sido expulsados de allí. Por desgracia, política y socialmente no superamos la prueba. Los inmigrantes son considerados exclusivamente desde criterios económicos y sólo queda espacio para la competitividad. Quien no pueda “pagar” no se puede “hospedar” en nuestro mundo globalizado.

“¿Qué nos queda? ¿Qué queda cuando no queda nada? Esto: que seamos humanos entre humanos; que permanezca entre nosotros lo que nos hace humanos” (M. Ballet).

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Dos Orillas

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