Ironías

Se reía entre dientes, mientras una improvisada candela le secaba la ropa. Se reía de su jodida mala suerte, que ahora resultaba ser una irónica ventaja. Albañiles, jefes de obra, promotores… todos lloraban últimamente, unos más que otros. “La crisis”, decían, las “vacas flacas”, el “final de un ciclo”, decían los más leídos. Pero él sólo era un vigilante nocturno: no tenía nada que perder, ni siquiera una vivienda, no tenía hijos que mantener, nada. Cuando salía de la obra se daba una ducha en un centro para indigentes, y caminaba despacio hasta el comedor social. Era pobre, y no creía que la crisis lo hiciera más pobre. “No quiero acabar como tú”, le dijo uno de los albañiles esa misma tarde. Claro, ni él mismo, si hubiera podido evitarlo. Pero en la vida a veces no hay elecciones. Aquel albañil, y tantos otros, miraban ahora alrededor, amenazados por una crisis, sintiendo que sus frágiles seguridades empezaban a tambalearse, sabiendo que les tocaba pagar los platos que habían roto otros. Sin embargo, a él la crisis le pillaba lejos: era tan pobre que no tenía a donde caer. Ironías de la vida.

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Gonzalo Revilla

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