La brecha

Recuerdo hace mucho, en un programa que cuestionaba la existencia de clases sociales, oir a uno de los contertulios: “yo creo que hay clases sociales porque yo he venido en taxi y he visto que había gente esperando el autobús, incluso gente que iba andando”.

Parecerá una tontería pero no lo es y llevado al extremo, tal y como está haciendo la sociedad, el tema se convierte en algo inmoral: mientras unos circulan en sus coches de lujo otros tienen serias dificultades para desplazarse a buscar trabajo, ir al hospital o a ver a su familia. Igual que tienen dificultades para comprar alimentos, pagar la hipoteca o el recibo de la luz. Lo constata el último informe presentado por Cáritas: “se incrementa la desigualdad en España, con el valor más elevado de toda Europa:
el 20% de la población más rica concentra 7,5 más
riqueza que el 20% más pobre”.

Ante estos datos no valen los golpes de pecho ni los paños calientes, podemos poner el grito en el cielo por la muerte de un chaval en un albergue o la de cientos de ellos en Lampedusa o podemos plantearnos de una maldita vez que estas son las consecuencias de un sistema económico genocida al que todos conocemos con el nombre de capitalismo. El informe de Cáritas habla “del comportamiento
“contracíclico” de la desigualdad en
la renta, que aumenta cuando hay recesión, pero que no reduce las diferencias cuando se registra expansión económica”. ¿Lo queremos más claro? Este sistema no genera igualdad, reparto de las riquezas ni en los tiempos de bonanza y, sin embargo, hace crecer las desigualdades en tiempos de crisis.

Nos toca elegir: seguir creyéndonos las continuas mentiras de los que manejan el cotarro (“los salarios no están bajando en España, sino moderando su crecimiento”, dijo el ministro Montoro el otro día) o sumarnos a los que ya están planteando iniciativas. Los que escribimos “La Otra Orilla” estamos convencidos de que hay alternativas (y no somos los únicos) y de que la mayoría de la población está por la labor de construirlas, la mayoría tiene espíritu de sacrificio, solidaridad para parar un tren. El problema puede estar en que los que tienen la sartén por el mango no van a querer renunciar a sus privilegios de motu propio, es bastante probable que para que algo así ocurra haya que forzarlos a renunciar a sus riquezas y eso pasa, mucho me temo, por instrumentos más eficaces que nuestra tibia democracia.

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Javier Rodríguez

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