La bronca

Ahora les explico la situación de partida, pero primero les contaré la frase con la que la señora intentó zanjar la discusión: “¡Anda cállate, que yo estoy en mi casa y tú no!”. Una frase ridícula, si nos atenemos a los hechos: era del todo imposible que aquella señora, que rondaría los setenta, pelo cano, gafas… Bueno, da igual la descripción: ni aquella señora, fuera como fuera el corte de su pelo o su edad, ni ninguna otra señora -ni señor- puede considerar que su casa sea un autobús de linea de Madrid, de Huelva ni de ninguna otra ciudad europea, por lo que vamos a entender que la frase encerraba un sentido más metafísico: la contrincante de nuestra aguerrida señora tenía una melena negra, la piel morena y un acento que podrían hacer pensar que “no era de aquí”, por lo que cabe deducir que la señora estaba usando una expresión de tipo xenófobo de esas que se usan cuando algunos se consideran los amos de un cortijo mucho más grande que lo que figura en el registro de la propiedad -y que, por supuesto, no incluye ningún autobús de linea- e intentan protegerlo de la supuesta amenaza de los que “vienen de fuera”.

La otra tampoco se quedó atrás y ante el ataque racista respondió con un “usted es una vieja amargada”. Ciertamente la xenófoba señora no era joven y, al menos en ese momento, feliz no parecía estar, por lo que, objetivamente, podríamos decir que sí era una “vieja amargada” pero cuando utilizamos esta expresión como insulto también estamos tirando de tópico y cayendo en otro tipo de xenofobia: el rechazo a los viejos: en una sociedad del culto al cuerpo, a lo joven, a la rapidez… nos sobran los mayores, a los que, además, por el simple hecho de serlo, ya consideramos amargados.

Lo anecdótico pasó a ser el motivo de la discusión: el conductor del autobús, distraído conversando con la joven morena, no realizó una parada solicitada por una viajera en su debido momento. Una situación muy fácil de resolver pero que termina siendo un grave problema cuando lo que planea en el ambiente es una visión del mundo en la que lo que manda es el rechazo al otro, el miedo a las diferencias étnicas, religiosas, ideológicas o de edad. Esa situación, fácil de resolver, pasada por ese tamiz se convierte, entonces, en un “Asunto de Estado” en el que confundimos la dimensión del problema, desenfocamos el asunto y confundimos el diagnóstico. Como para resolver el problema, vaya.

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Javier Rodríguez

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