La buena educación

En memoria de Fernando Cardenal,
defensor de una (verdadera) educación de calidad

En todas las listas de negociaciones para un posible futuro gobierno, sea el que sea, entra la LOMCE como una de las prioridades que por lo visto este país no puede dilatar más. La mayoría de los partidos, -excepto el PP, claro está- pretende reformarla, y alguno postula directamente su derogación, con lo que iríamos camino de la octava ley educativa de la democracia. No está mal: en Finlandia, que pasa por ser el país europeo de educación más prestigiosa, las leyes casi no han variado en los últimos treinta años.

¿Pero qué se quiere reformar? Curiosamente, los aspectos más controvertidos de la LOMCE (la asignatura de Religión, las reválidas, el recorte de las becas o los conciertos con colegios segregacionistas) poco o nada tienen que ver con esa “calidad de la educación” que tan pomposamente aparece en su nombre. Pero a juzgar por los pobres resultados que España viene cosechando en el informe PISA, esa mejora de la calidad es urgente e incuestionable. Luego vienen las contradicciones: el gobierno pretende subir como sea la puntuación española en el ránking, como si ahí se jugara todo, pero las recomendaciones de PISA para revertir los malos resultados escolares (aumento del salario de los profesores o disminución del número de alumnos, por ejemplo), no ya es que se queden en letra muerta, sino que se aplican justamente al revés.

Evidentemente, hay una relación entre la satisfacción profesional de los docentes y el rendimiento escolar, lo diga Rita o lo demuestre PISA. Pero tampoco van por ahí los tiros de la calidad educativa. Porque, ¿de qué calidad estamos hablando? La evaluación que mide PISA o que pretende la LOMCE está estructurada por competencias. Alguien es “competente” cuando sabe cómo se debe hacer algo y lo sabe hacer efectivamente, con independencia de su por qué. En todo caso, los porqués siempre serán previamente ideologizados por el sistema. Eso explica el raquitismo de la Filosofía en el bachillerato o la introducción en la secundaria de materias como Economía y Cultura emprendedora, por empezar con ejemplitos fáciles.

No crean, pues, que toda esta preocupación gira en torno a la libertad y autonomía personal, o al desarrollo social, que es para lo que sirve la educación de calidad según la UNESCO. Aquí estamos hablando de buena educación, sí, pero sobre todo de “buena adaptación”. Al sistema, claro. Y para eso, qué más da quién gobierne.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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