La carta

Con la primera luz de la mañana despertó Lidia. Primero el desayuno y
después acicalar la casa.

Ella desempeñaba sus tareas de forma rutinaria pero siempre eficaces. A
la hora de costumbre, y antes de caer en el olvido, se apresuró a llamar
a su hija Silvia. Golpeó la puerta de su habitación sin encontrar
respuesta. Abrió de manera cautelosa y encontró su cama vacía. El resto
de su habitación, excepto su despejado armario, se encontraba intacta.

Sentada a los pies de la cama comenzó a leer una carta dejada bajo una
zapatilla a modo de pisapapeles.

Mamá:

Sabes que hacía tiempo que esto tenia que ocurrir. Varios meses
atrás te comenté la posibilidad. Por aquel entonces, no le diste la
importancia que yo le veía a mi futuro. Por ello te ruego, que sin
reproches ni enfados, entiendas la situación. Situación que ya ha
llegado a su límite. Sabes que me encanta vivir con vosotros y en
este pueblo. Pero también sabes que me encuentro frustrada y a veces
inútil. Mi vocación de profesora, que hasta ahora la he desempeñado
creo que lo suficientemente bien, es más grande que lo que aquí me
une. Me busco un futuro que, gracias a ustedes, aquí se me queda
pequeño. Hechos como los de ayer han sido la gota que colma
cualquier vaso de paciencia. Lo siento por el pueblo, y sobre todo
por vosotros a los que quiero con toda mi alma. Recibiréis noticias
mías sin falta. No os preocupéis, tenia esta marcha planeada desde
hace tiempo. Recibe un beso y dadle otro a papá y a los hermanos.

Tu hija, Silvia.

Dobló la carta y la guardó con sumo cuidado en su delantal.

Salió después a la calle en dirección a la escuela. Llevaba en su mente
una mezcla extraña de tristeza y orgullo. Brotaba también la esperanza
de verla en la escuela, en su trabajo, como si todo aquello hubiese sido
un sueño.

La mente se volvió a llenar de tristeza, cuando vio que no estaba. Y de
orgullo, cuando pensó que a lo mejor, aquel pueblo, aquel país no se
merecía una profesora como su hija.

No se la merecían cuando las tribus rivales quemaban escuelas para que
los niños no tuviesen educación. Educación y niños, ambas cosas eran
siempre la trágica diana, de aquella maldita guerra que asumía el país y
de manera repetida y dura aquel pequeño pueblo africano. Pueblo que
quizás jamás volviese a pisar, Silvia, la profesora.

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Zebedeo

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