La comida (no) se tira

Hoy iba a hablarles de otra cosa, pero he visto a un hombre buscando entre la basura junto al supermercado de mi barrio y el pellizco se me ha quedado dentro. No iba mal vestido ni tenía un aire extraviado, como tristemente ocurre con tantos transeúntes. Puede que simplemente quisiera algo de fruta, algún yogur para solucionar su cena, o que fuera un padre de familia con la determinación de que sus hijos tomaran lo que él no había podido comprarles. El supermercado acababa de echar el cierre y los productos frescos caducados o con mal aspecto habían sido depositados en el contenedor.

No es un caso aislado, claro. En las grandes ciudades la necesidad de alimentos y otros productos básicos congrega en torno a los contenedores a muchas personas cada día. A veces esa imagen estremecedora incluye la intervención de la policía para evitar una práctica, dicen, “contraria a la ley”. Algunas cadenas de supermercados tienen conciertos con ONGs que se ocupan de distribuir los alimentos; otras, por cierto con muy buena imagen, apelan a una “política de empresa, para no depreciar la calidad de los alimentos”, y los tiran a la basura para que quien quiera los saque de allí. No se me ocurre ejemplo más claro para ilustrar las insultantes contradicciones de un sistema que prefiere el triste espectáculo de la indignidad antes que donar los alimentos a quienes los necesiten.

Tampoco eso solucionaría el problema. Casi la mitad de la comida que se tira en España, a razón de 163 kilos por habitante y año, proviene de los hogares, incluso en esta época de vacas flacas. Aquella cantinela de nuestros padres ante el plato que nos negábamos a comer, “Acábate la comida, que hay muchos niños que pasan hambre”, establecía la relación casi mágica entre el despilfarro de unos y la necesidad de muchos otros: una conexión no tan infantil, porque retrata evidencias empíricamente demostrables. Lo que ha cambiado es que el hambre ya no es una realidad televisada a la que procuramos dar la espalda: el que no puede comprar comida vive en nuestra misma calle, está ahí esperando a que el supermercado cierre, junto al contenedor. Ya no es tan invisible como antes.

Hace unos días ha comenzado a funcionar un comedor social en Cartaya, que también reparte comida a domicilio para atender a quienes no desean hacer uso de las instalaciones. Esta forma discreta de evitar la humillación nos devuelve a la misma realidad: las personas con necesidades acuciantes no sólo van en aumento, es que además nunca se habían imaginado a sí mismas teniendo que pedir comida o rebuscando en un contenedor. La vergüenza es un plato bastante intragable. La que deberíamos sentir quienes nos damos de bruces con esa realidad suele terminar mezclada entre los desperdicios.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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