La fábrica abandonada

Insisto a mi hijo en que no tire basuras al suelo, que cada cosa a su contenedor, los papeles al azul, los envoltorios al amarillo, el vidrio al verde. Le digo que si todos andásemos dejando nuestra basura por la calle no podríamos ni andar. Intento predicar con el ejemplo, tanto es así que cuando llego a casa paso como cinco minutos sacando de los bolsillos papeles, envoltorios de caramelos, …, que he preferido no tirar al suelo. No fumo por no tener que tirar las colillas en cualquier sitio ante la falta de ceniceros. Ando esas imponentes distancias que hay que recorrer para llegar a los contenedores de reciclaje las bolsas que he ido llenando en mi diminuto lavadero con papeles, envases y botellas. Tengo un bote lleno de pilas y baterías que no pueden ser mezcladas bajo ningún concepto con el resto de la basura. Debajo del fregadero una garrafa sirve para ir recogiendo el aceite usado. Son hábitos que se han incorporado al civismo del siglo XXI. Sin embargo, noto que mi hijo me mira raro: “¿Crees que tiene sentido que hagamos esto si, el otro día, cuando visitamos en el pueblo aquella fábrica abandonada, me dijiste que cuando trasladaron la producción, además de dejar a casi todos en el paro dejaron montañas y montañas de basura?.” Perplejo ante el razonamiento de un niño de tres años, sólo pude responder: “Eso eran cosas de los antiguos, las fábricas de ahora no funcionan así”.

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Javier Rodríguez

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