La guardería

Esta semana han abierto sus puertas las guarderías para que los niños tengan su primera cita con lo que será el resto de sus vidas. Empiezan a experimentar el duro trance del alejamiento de la casa familiar y la cercanía directa de padres y abuelos, sustituida de un día para otro por la visita a un sitio extraño, rodeados de otros niños desconocidos y de unos adultos sospechosamente atentos. Se acabó el despertarse a demanda, el biberón tranquilito en el sofá, el paseíto con la abuela, o el ayudar a mamá. A partir de ahora toca la hora de entrada, las prisas, el baby, las fichas, el recreo, la vuelta a casa. Poco a poco, entramos en esta rutina y terminamos asumiéndola de por vida. Después llegará el colegio, luego el instituto, la universidad y el puesto de trabajo, diario, rutinario, año, tras año, tras año hasta la edad de jubilación.

Amaia hoy, en su primer día de guardería, hubiera deseado ser una niña africana, o andina, o de Vietnam, para no tener que pensar en todo eso y sólo continuar pegada a la espalda de su madre con una tela mientras ésta realiza sus tareas, amodorrada con el vaivén de la faena y tomando teta a demanda. Pero Amaia vive en Huelva, y sus papás tienen que trabajar, y no puede ir al trabajo de los papás. Y para eso hay un sitio donde poder estar y, ya de paso, aprender de ésta, su nueva vida, que hoy comienza.

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Victor Rodríguez

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