La inmoralidad de los mercados

Han destruido Grecia y han impuesto severos ajustes a Irlanda, Portugal, Italia y España. Congelan salarios, destruyen empleo, desmantelan la protección social, privatizan servicios públicos, empobrecen a los Estados. Imponen reformas laborales como medidas para sanear la economía y garantizar nuestro futuro… Y a cada medida adoptada sucede una nueva imposición, que da lugar a otra demanda y así sucesivamente. Lo que hacen es desmantelar el Estado y trasvasar rentas de los pobres a los ricos, empeorando las condiciones de vida de los que dependemos de nuestro trabajo.

Nos dicen que son los mercados, pero no es verdad. Son los especuladores, un reducido grupo de banqueros, financieros, gestores de fondos de inversión, responsables de las agencias de calificación y, todos ellos, arropados y protegidos por los responsables políticos europeos, incapaces de tomar las decisiones necesarias para garantizar el bien común y la primacía de las instituciones políticas sobre los especuladores. Les parece demasiado la pensión que puede cobrar un jubilado, el despido que puede y debe cobrar un trabajador, el salario de cualquier obrero o el crédito que necesita una pequeña empresa para seguir subsistiendo. Pero callan ante los miles de millones que se reparten los que recomiendan austeridad y moderación: los sueldos de los directivos de los bancos a los que el estado rescata o el salario que cobra la presidenta del FMI, por poner algunos ejemplos.

Así, mientras todos estamos preocupados por el permanente ataque de los mercados, los directivos del Banco de Santandeer y del BBVA libran una dura batalla con el gobierno para gestionar la privatización del treinta por ciento de las loterías y apuestas del Estado, una fuente de ingresos que en parte desaparece, como desaparecieron Telefónica y otras empresas estatales, para pasar a engordar las cuentas de los que nos exigen apretarnos el cinturón.

La desproporción entre lo que quieren y lo que obtienen para sí y lo que recomiendan e imponen a los demás define el problema moral y ético de nuestra sociedad, de nuestro sistema económico y de nuestro sistema político, que deja morir de hambre a toda una región mientras los responsables se atiborran de cenas, joyas y coches de lujo. Nunca tantos han callado tanto ante tanta injusticia.

Se hace urgente exigir con firmeza que se ponga fin a la inmoralidad que nos acosa, que se garantice un trabajo digno para todos, que se libere a los empobrecidos del yugo que se les está imponiendo, que se desarrollen políticas solidarias, políticas de justicia, que los gobiernos piensen más en las personas y menos en los beneficios de las empresas, que la ciudadanía vuelva a lanzarse a la calle y ponga entre la espada y la pared a los causantes de tantas tropelías.

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Dimas Haba

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