La mirada torcida

Durante estas semanas se rueda en la antigua prisión de Huelva la versión cinematográfica de la novela de Dulce Chacón “La Voz Dormida”. La película la dirige el director Benito Zambrano.Nos sentimos muy orgullosos de que la versión cinematográfica de la novela de Dulce Chacón La voz dormida se esté rodando en Huelva, aunque sea en uno de esos espacios que simboliza lo peor de nuestra sociedad.

Esperaremos con ganas el estreno de esta película que recrea ese periodo oscuro de la historia española. Un periodo que se hace más oscuro si observamos cómo fulminó uno de los momentos más luminosos de la reciente historia española. El levantamiento militar de Franco y los suyos terminó con el sueño de la libertad que empezó hace 80 años, el 14 de abril de 1931 -y que dio, entre otros frutos, una Constitución que era la envidia de toda Europa- e impuso un sombrío régimen de represión y odio que es el que se refleja en la novela que ahora está siendo llevada al cine.

La interrupción de una senda de libertad, justicia… a la que todavía no hemos regresado del todo. Con un régimen que es más herencia del franquismo que de aquella República.

Precisamente, en el régimen penitenciario sufrimos una de las peores herencias. Es este un sistema deleznable que parece que sólo miramos con sentido retrospectivo, empeñados como andamos en creer que el nuestro es el mejor de los sistemas posibles. Y que cualquer error, cualquier corrupción, cualquier vulneración de los derechos humanos, los FIES, las cundas como castigo, los abusos de poder, pertenecen al pasado, creyendo a pies juntillas que todo eso ya está solucionado.

No nos cuestionamos, por supuesto, que tenemos el doble de población penitenciaria que los países de nuestro entorno. No queremos reconocer el fracaso de un sistema al que sólo pedimos echar más leña al fuego: ¡condenas más largas! ¡Cadena perpetua! ¡Qué se pudran en la cárcel! Gritamos alentados por la prensa más amarilla. Como si eso resolviese algo, como si los regímenes más represivos desalentaran la comisión de delitos.

Deberíamos estar, sin embargo, alentando las alternativas que resuelven problemas, ir a la raíz de los conflictos sociales, no usar la prisión para “tapar” los problemas sociales: ahora la droga, ahora los delitos de tráfico, ahora la pobreza… Potenciar la mediación penal, el trabajo en beneficio de la comunidad, la recomposición del daño a la víctima…

El cine parece que es de las pocas manifestaciones que se encargan de recordar que ante el sistema penitenciario no debíamos torcer la mirada, como no creyendo lo que vemos: Celda 211, El Patio de mi cárcel, Horas de Luz y ahora La Voz Dormida. Pero no debiera quedarse la cosa en las salas de cine. O empezamos a construir alternativas o la denuncia de lo que tuvimos en el pasado se quedará corta.

Y hay alternativas, como vimos en Holanda, donde, hace poco empezaron a cerrar prisiones ante la bajada de la población penitenciaria.

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Javier Rodríguez

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