La muerte que dignifica

Se la conoce como Ley de la Muerte Digna, pero se llama en realidad Ley de la Dignidad de las Personas ante el Proceso de la Muerte, un nombre retórico pero sin duda mucho más iluminador. La familia de Ramona Estévez, su hijo y su sobrina, han sido cabales al entender los derechos que esta norma reconoce a los pacientes, pero también han sido muy valientes al defender ese derecho; y, habiendo sumado una amargura innecesaria al dolor que ya sienten, no está de más agradecérselo en voz alta, porque desde una circunstancia estrictamente privada han aceptado dar un salto que nos protege a todos los ciudadanos.

Es cierto que nos movemos en un territorio espinoso, una frontera ética que hay que ir conquistando. No estamos acostumbrados a que se legisle sobre el morir, espacio hasta hace poco sólo reservado a la religión. La desorientación se entiende, pero no la intención de sembrar remordimientos o ejercer un chantaje moral. Las asociaciones provida que pusieron las denuncias tienen abogados capaces de presentar un caso de asesinato de una anciana indefensa, ante el que sólo cabe el escándalo. Precisamente para eso está la ley, para que nadie se arrogue el poder de que su criterio ético sea superior al del vecino y para desechar interpretaciones torticeras. Y los tribunales ya han hablado con claridad.

En cuanto a las declaraciones del Obispo, estoy segura de que él sabrá entender que una doctrina debe ser interpretada a la luz de las circunstancias. Como cristiana se me hace difícil la imposición de que una mujer de noventa años, en estado vegetativo y en la cama, tenga que ser alimentada por mecanismos externos para poder ser fiel a lo que dice la Iglesia. En la lógica del evangelio, el valor supremo no es la vida, sino el amor. Y dentro de esa lógica, la familia de Ramona debería sentirse acompañada en este momento, no exigida por obligaciones que provocan tanto sufrimiento.

Justo cuatro años antes de entrar en coma profundo, Ramona le relató al periodista Arcadi Espada una historia triste que marcó su vida, y que éste transcribió con suma delicadeza: una historia de odio y crueldad que sucedió durante la Guerra Civil, entre El Campillo y Nerva, una de tantas. Ella, que entonces tenía 16 años, pudo ver entonces con seguridad el rostro más feroz e indigno de la muerte. Conociendo esas circunstancias vitales es inevitable sentirse impresionada por la fortaleza de esta mujer y sus familiares, y desear que Ramona pueda vivir este momento como siempre quiso, “sin estar amarrada a unos tubos”. Porque la muerte también es una oportunidad que dignifica tanto a la persona que fallece como al entorno que permanece. Para Ramona y los suyos, “todo está cumplido”. Desde lo más hondo, un abrazo respetuoso para todos ellos.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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