La otra comunión

El propietario de un bar de mi barrio ha descubierto un nuevo filón. Cuando llega mayo, ocupa el acerado con unas barras portátiles de esas que tanto nos gustan en las ferias y romerías. Hasta aquí nada de particular, si no fuera porque el tenderete lo monta frente a la parroquia. Cuando llegan las primeras comuniones se frota las manos, ya que con tanto niño vestido de marinerito, y sobre todo con tanto padre sediento, gana “unas pelas extras” que siempre le vienen bien.
No es la primera vez que me refiero a las comuniones en esta columna paunque centrándome en temas como el derroche que supone celebrar este momento, o en la dicotomía entre las familias y la posterior vivencia religiosa con los niños y niñas que celebran este sacramento. Hoy quiero resaltar otro aspecto que nos debería hacer pensar: al menos, por unos días, los niños y niñas son el centro de la Iglesia. No importa demasiado el ruido ni la algarabía porque entendemos que son protagonistas y sujetos predilectos del Evangelio. Y es que, cuando colocamos en el centro a los pequeños y a los pobres, la iglesia y el mundo tienen otro color. proyecto@dosorilla.org

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