La otra iglesia

Llevamos dos meses del nuevo año y ya son veintiséis. Un número que, visto de cerca, es suma de vidas entregadas por una fe que impulsa a la fraternidad universal y, por ende, a la justicia y a la solidaridad. Este es sólo un dato de hoy, pero todos los años se cierran con centenares de casos. Unos son religiosos, curas o monjas, pero otros muchos son cristianos laicos, seglares. Sus vidas caen en manos de fundamentalistas de turno o de poderosos que pisan la dignidad de los más débiles y pobres. Probablemente no conozcamos todos los nombres, pero hoy bien merecen un recuerdo entrañable porque sus vidas entretejen los sueños de Dios para este mundo, tan loco a veces.

En tiempos como los que corren, en los que la Iglesia suele salir a la palestra por sus errores o por las debilidades y pecados de sus miembros (empezando por la jerarquía), esas vidas entregadas merecen reivindicar que la Iglesia es mucho más que sus miserias. Este es un mensaje para aquellos que generalizan sus críticas (está bien visto y es fácil “darle caña” a una institución tan vieja y achacosa), pero tambíen para aquellos que, haciéndose portavoces de la barca de Pedro, escandalizan a más de uno con sus palabras y comportamientos.

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