La palabra

Esta semana ha habido dos comentarios inoportunos, aunque de signos
radicalmente opuestos, de personas relevantes en la vida pública de
España: por un lado el obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández, y, por
otro, el Juez de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz. El primero tuvo
la insensibilidad y el egoísmo de arremeter contra el aborto, o mejor
dicho, contra las madres que abortan, en la misa en recuerdo de los niños
Ruth y José. Y es que cuesta mucho entender que una persona, pastor de la
Iglesia de Jesús, se permita hablar de una situación tan dolorosa para la
vida de una mujer como es decidir no seguir adelante con un embarazo,
teniendo presente a la mujer que ahora mismo más cariño, consuelo,
esperanza y compañía necesita en Huelva, como es Ruth Ortiz. Sabiéndose
del poder de la palabra y de la trascendencia mediática que dicha homilía
seguro tendría, el obispo se aprovechó de todos los que habían ido allí
con una idea mucho más noble, como es acompañar a Ruth y a Obdulia, y dar
signos de fe en la Resurrección de sus dos niños. Podríamos situarlo como
el ejemplo del uso más equivocado del poder de la palabra, de no ponerla
al servicio de las personas que más lo necesitan, de manosearla para
mantener su propia estrategia, a pesar de las penurias de los que ansían
hoy, más que nunca, otras contundencias por parte de la Iglesia; contra el
paro, el hambre o los recortes sociales.

En el otro extremo, el juez Pedraz, como poder del Estado, ha usado
inoportunamente la palabra, al menos eso piensan determinados diputados
que han salido en tromba a insultarlo. Y es que el juez, aprovechando el
amparo de la separación de poderes, ha defendido en un Auto el uso
legítimo del derecho de manifestación, en un momento donde la gente está
harta de asistir a la “decadencia de la clase política”, para, de paso,
desmontar esa teoría de la conspiración del gobierno de que las
manifestaciones del 25 de Septiembre eran comparables al golpe de Tejero.
¡Ay la palabra!, que sigue siendo, afortunadamente, el arma más poderosa,
la herramienta que este periódico nos deja a la gente de La Otra Orilla,
para poder contagiar a nuestros queridos lectores el ansia de cambio de
rumbo, desde la reflexión y también la firmeza. Sin palabras nada se
habría formado en la mente humana, no recordaríamos lo que otros pensaron
antes que nosotros, seríamos seres inmaduros y fácilmente manipulables.
Está claro que vivimos un momento trascendente para usar este derecho;
pensar y poder decir lo que se piensa. Eso puede ser peligroso, pero nunca
puede ser ilegal, como pretendían imponerle al juez Pedraz los miembros
del ejecutivo, asustados porque saben que una palabra repetida por miles
de ciudadanos retumba en la conciencia colectiva.

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Victor Rodríguez

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