La Piel de Occidente

La noticia es tremenda, pero repetida, casi recurrente. Habla de un naufragio, otro. De un barco cargado de inmigrantes africanos hallados en alta mar. 11 cadáveres más algunos que se sospecha fueron tirando por la borda a medida que fallecían. Imposible imaginar el horror, el miedo, el sufrimiento. Imposible. Pero sólo es una noticia repetida, la misma noticia con distintos nombres, o sin tan siquiera nombres. Miles de seres humanos huyen de la miseria, en busca de una tierra prometida que nadie les prometió. Para muchos de esto inmigrantes el viaje es su tumba: el desierto y el mar criba esta desesperada huida, hace de tumba improvisada. Y todo esto televisado, publicado, radiado: las hemerotecas nos avergonzarán mañana.

Porque, sin duda, lo más terrible no es el drama (repetido, recurrente) de la inmigración. Sino la pasividad con que occidente observa el drama. El recuento de cadáveres es incesante, pero la piel de occidente se está endureciendo cada vez más. Nada conmueve a esta sociedad nuestra, nada la hace reaccionar por encima de la solidaridad del telemaratón, nada la hace cuestionarse la sosteniblidad social de este inmenso monopoli. Nuestras retinas se han acostumbrado a las hambrunas, a los niños comidos de moscas, a las guerras eternas, a los cuerpos hinchados sobre la arena, a los rostros asustados bajo el foco de una patrullera.

Incluso los sectores comprometidos de la sociedad van perdiendo el pulso. Abunda el cansancio, cierto derrotismo. Lejos quedan las concentraciones por cada muerto que devolvía el estrecho. Hoy habría que hacer una concentración permanente. Pero no la hacemos. El drama ha calado, y el sistema inmunológico de esta sociedad ha generado la vacuna. Somos insensibles, y esa insensiblidad nos salva del sufrimiento, pero nos condena a la inhumanidad. Vamos, a cada paso, con cada noticia, perdiendo nuestra humanidad, nuestra capacidad de reconocer la desesperación del hermano, vamos secando las lágrimas hasta que el lagrimal queda inútil. Y entonces quedamos ciegos, sin ver lo evidente. Leemos el titular y nos imaginamos el resto de la noticia: otro más, pensamos, y pasamos la página: no conviene dejar pasar el horror a nuestro mundo occidental, a nuestro civilizadísimo bienestar.

Más noticias: en la frontera de México con Estados Unidos grupos de voluntarios armados disparan a los que intentan cruzar. La caza del espalda mojada. Claro: son la chusma que viene a robar la migajas que se nos caen del plato. Eso no puede consentirse. Disparemos. Estados Unidos ya se sabe: es más bruta para estos temas. Pero el que aquí en Europa seamos más sutiles no nos hace menos cómplices.

Es el silencio lo que nos condena. La inacción, la pasividad con la que contemplamos el drama. La endurecida piel de occidente. Nuestra endurecida piel, la de cada uno, esa lágrima que ya no somos capaces de derramar por un hermano que muere inútilmente. Con esa piel apenas podemos llamarnos humanos. Sólo espectadores en la representación de un drama. Pero el telón no se cierra.

The following two tabs change content below.

Gonzalo Revilla

Latest posts by Gonzalo Revilla (see all)

You may also like...

Deja un comentario