La primera piedra

Su color de piel no les sirve de camuflaje ante los peligros de la noche. No piden nada a nadie, ni se quejan de sus condiciones de vida; en sus ojos aún se aprecian los valores ancestrales de su cultura: la honestidad, la gratitud, la hospitalidad …
Pero se dedican a la prostitución porque, al fin y al cabo, es el espacio que les queda antes de retornar a su África natal, fracasadas a los ojos de todos.

Cualquiera que trasnoche puede verlas en las calles más periféricas de nuestra ciudad como si hubieran llegado sin querer molestar. Sin embargo, hay quienes se dedican a hostigarlas noche tras noche, insultándolas y arrojándoles de todo. Ese grupito de indeseables se aprovecha del temor y la indefensión de estas mujeres, casi niñas, para sacar a pasear sus propias frustaciones en forma de odio a quienes ya tienen bastante desgracia con vivir tan lejos de su tierra y soportar los cuerpos de más de un vecino maloliente, que las trata como esclavas en pleno siglo XXI. Y yo les digo que su dignidad no se mide por la naturaleza de sus servicios sino por el mérito de sentirse dignas en medio de esas condiciones. Y el que no tenga pecado, que tire la primera piedra.

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