La publicidad

Cuando uno entra en un mercado sabe que se expone a decenas de comerciantes y miles de estímulos que le empujan a comprar; letanías con más o menos arte, frutas, verduras, carnes o pescados de apetitoso aspecto, letreros de vistosos colores,… Sabes que estás en un mercado, ellos saben que tú vas allí dispuesto a comprar e intentan que tu atención se centre en sus productos por encima de los productos de los demás. Ese es el juego de un mercado. ¿Qué pasa cuando de lo que hablamos no es de un edificio que se llama mercado sino de una sociedad que se llama mercado? Pues que todos los ámbitos de esa sociedad se llenan de estímulos que invitan a comprar: la calle, los estadios, los buzones y los salones de nuestras casas, las oficinas, …, se llenan de mensajes publicitarios casi siempre no deseados, más de mil veces subliminales. Tanto es así que a estas alturas casi no se puede hacer nada sin estar expuesto a este juego; del hecho de ver la televisión mejor ni hablar, pero también ir al cine -esa multinacional chocolatera que llegó incluso a producir una bella apología del consumo de todo tipos de cacaos-, montar en un transporte público, pasear, tirar la basura, navegar por internet, leer, incluso tumbarse en la playa implica el riesgo de que te sobrevuele una avioneta que llama a acudir a cualquier chiringuito. No sé si hacerle caso.

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Javier Rodríguez

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