La química cotidiana

Están por todas partes, los bebemos, tragamos y respiramos. Muchos de los productos que tenemos a nuestro alrededor saturan nuestro organismo de sustancias químicas que influyen, de una forma determinante, en el comportamiento de nuestro organismo. Envases de plástico, pesticidas, perfumes y desodorantes o componentes informáticos, tienen una base de elementos que, al entrar en contacto con nuestro organismo, causan daños a nuestra salud, entre ellos al sistema reproductivo, desarrollo neuronal o inmunológico. Es lo que se conoce como contaminantes hormonales.

Como ocurre con tantos otros elementos potencialmente peligrosos para la salud, tenemos un perfecto desconocimiento de la composición de la mayor parte de los productos con los que diariamente entramos en contacto. Se da la paradoja de que una multinacional de cosméticos y productos de higiene estaba patrocinando una campaña de lucha contra el cáncer de mama a la vez que utiliza el aluminio en la fabricación de sus desodorantes, elemento que al entrar en contacto con los ganglios de la axila, incorpora al cuerpo toxinas que pueden estar relacionadas con el propio cáncer de mama, problemas renales o la enfermedad de Alzheimer.

Esta hipocresía tan insoportable oculta el papel de los lobbies y de las empresas en los centros de decisión política. Es la Unión Europea la que debería obligar a etiquetar los componentes de los productos que tenemos a nuestro lado todos los días, legislando sobre la protección a las personas y a los animales, promoviendo la sustitución por otros no nocivos o, quizás un paso más allá, promoviendo una cultura industrial basada en productos saludables y sostenibles, y no lo hace simplemente porque esas personas que representan a las empresas, y que cuentan con muchos más medios e influencia que el movimiento ecologista o el de consumidores, de forma muy sutil, casi imperceptible, se ganan la confianza de nuestros europarlamentarios para que voten resoluciones que sigan protegiendo los intereses que enriquecen a unos pocos y dañan la salud de todos.

Desgraciadamente es así de simple: tengo, influyo y me enriquezco, dándome igual lo que les pase a las personas que compren mis productos, a pesar de que les estoy diciendo por publicidad que son buenos para ellos. Y quien nos tendría que proteger… mirando para otro lado. Tiempos extraños, sin duda.

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Victor Rodríguez

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