La república de tus muebles

Es posible que usted esté más preocupado por el hecho de que hoy no esté abierta su tienda de muebles favorita que por el hecho de que hoy celebramos la onomástica de una constitución que, a estas alturas, es más un arma arrojadiza contra el “enemigo” que un documento en el que basar la convivencia.

Así que hablemos de su tienda de muebles favorita, que de lo otro estamos ya hartos. Y su tienda de muebles favorita ha conseguido notables logros, impensables hace unas décadas cuando las cómodas, mesas y sillas aguantaban lo que aguantaban matrimonios indisolubles e incluso formaban parte de los lotes de las herencias.

Su tienda de muebles favorita miró de reojo a la fábrica de electrodomésticos aledaña -no recuerdo si eran impresoras, móviles o televisores- y comprobó con envidia que esta, con la colocación de chips programados, conseguían inutilizar los aparatos que vendían en pocos años y, de esta manera, obligaban a sus clientes a tener que pasar por caja, comprando otra pantalla, otro celular u otro ordenador: obsolescencia programada lo llamaban.

Su tienda de muebles favorita no podía implantar ningún chip en los muebles así que lo que hizo es bajar la calidad de sus productos lo suficiente como para que se rompieran en pocos años y siguió pensando en lo del chip encontrando una solución magistral: no podían programar un armario para que se autodestruyera pero sí podían programar el cerebro de su propietario para que lo sustituyera en menos de un lustro, ¿cómo? Cambiando la percepción de lo que es estéticamente “bonito” en un plazo inferior a ese tiempo. Y ahí nos tienen a todos, cambiando los muebles de nuestras casas cada pocos años.

Las consecuencias poco importan: los bosques no tienen la suficiente tasa de reposición como para recuperarse de las talas masivas que requiere el nivel de fabricación de muebles que venden para las repúblicas independientes de nuestras casas, con lo que la deforestación avanza a pasos agigantados, pero nuestra tienda de muebles favorita sigue aumentando sus ganancias y nosotros siempre podemos presumir de tener nuestra casa decorada con lo último. Podríamos arreglar los viejos muebles de la abuela, podríamos tapizar nuestros viejos sofás, podríamos seguir disfrutando de una cama a la que no le pasa absolutamente nada pero claro, eso nos quitaría un día de disfrute por los laberínticos pasillos de nuestra tienda de muebles favorita.

 

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Javier Rodríguez

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