La resiliencia

“Hay que seguir, hay que seguir”, me dice Manuela. “Es triste que mi hijo lleve cinco años sin trabajar, que mis tres nietos no sepan lo que es comprarse un juguete, que vivamos del ‘susidio’. Pero ahí vamos, no tenemos grandes gastos y entre los vecinos nos ayudamos. Y podemos comer los seis todos los días.”

Claro que hay que seguir. Dicen que todo esto de la crisis-estafa ha servido para que la sociedad española gane en resiliencia, esa disposición para sobreponerse a las situaciones adversas. Un ejemplo es el testimonio de Manuela, una mujer dinámica y airosa, con mucha capacidad de conectar con la gente para la que trabajaba, siempre limpiando, pero a la que una lesión de espalda ha dejado fuera de la circulación. Ha debido afrontar una fuerte depresión, cambiar de casa, de vida, en fin. Y volver a tirar de su familia. Levantarse y luchar.

Seguro que cada lector es capaz de sumar al de Manuela otros muchos nombres. Gente que se reinventa cada día: Ana, joven enfermera en Alemania. Manuel, dos hijos, una hipoteca y un trabajo a tiempo parcial. Jose, contrato de camarero por cuatro horas trabajando una media de ocho. Lola, cuyo sueldo junto al de su marido daba para vivir desahogadamente, y ahora es el único que sostiene la economía familiar. Y así, tantos nombres y rostros del ajuste, de la precariedad –qué palabra odiosa-, de la economía al servicio del 1%. Tantas evidencias de resiliencia personal.

Y también, tantas pruebas de fortaleza social. La gente se agrupa, se asocia, comparte problemas y soluciones: voluntarios en muchas organizaciones, queriendo ayudar; medios de comunicación alternativos; ciudadanos participando en política, que ya no piden “Que se vayan todos”, sino que buscan la regeneración de un sistema a todas luces agotado; movimientos sociales que se han reinventado, que empoderan a sus miembros, que organizan formas de resistencia colectiva; mayor conciencia de lo público, tolerancia cero ante la corrupción… Hay un cambio indudable de pautas y comportamientos sociales, nuevos espacios de compromiso, una ética más exigente. No es que el sufrimiento no haya existido, es que nos ha hecho más fuertes.

La palabra resiliencia está tomada de la capacidad de los materiales que recobran su forma original después de ser sometidos a un proceso deformador. Pero aquí no se trata de volver a lo de antes porque eso ya no es posible, ni siquiera deseable. Nunca más seremos los mismos. Pero de nosotros depende que el futuro sea mejor.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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