La soledad era esto

La familia se fue de vacaciones. El abuelo se quedó solo, recluido en un centro de
esos en los que se acoge a las personas mayores para que los hijos se liberen de las
penurias del estar siempre pendientes. Él no puso resistencia, lo aceptó sin más,
como aceptó el sentirse un estorbo, una parte más del viejo mobiliario de la casa en
la que vivía. ¡Abuelo quítate de enmedio!, no ves que estoy barriendo. ¡Abuelo,
échate a un lado, que estás siempre donde no tienes que estar! Abuelo no me cuentes
historias que ya me las sé. Abuelo, esto, abuelo lo otro. Se sentía prisionero en
una casa que no era la suya. Recordaba el trabajo en la oficina, las copas con los
amigos, los bailes en el pueblo, el cortejo de las mozas, la llegada de los hijos,
las reformas en la casa… Ya la cosa comenzó a complicarse al morir María, la
compañera de fatigas, la mujer con la que había criado a los hijos, con la que había
compartido el trabajo y el sufrimiento de no llegar a fin de mes, de pagar unos
estudios, de intentar que los suyos tuvieran una vida más cómoda que la que ellos
habían tenido. Luego vinieron la artrosis, los fallos de memoria, el temblor de las
manos, el consumirse poco a poco. Pero hasta este día en el que los hijos lo dejaron
en aquel hogar para ancianos no le dio por pensar que la soledad era esto.

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Dimas Haba

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