La última fila

Se sentó en la última fila, decidida a no intervenir. Hubiera preferido no ir, pero la presidenta le insistió, y bueno, pues allí estaba. Siempre que se acercaban las elecciones los partidos visitaban disciplinados las Asociaciones de Vecinos. Ella llevaba participando en el movimiento vecinal muchos años, y había asistido a muchos de esos encuentros con ilusión, buscando respuestas y promesas. Pero lo cierto es que los años la habían convertido en una escéptica: su desencanto por la política era grande, profundo, incluso doloroso. Por eso no quería hablar, por eso se puso al final, dispuesta a escuchar respetuosa y silenciosamente. Y casi lo consigue. Pero al final estalló: le escupió con violencia tantas promesas incumplidas, tanta charlatanería, tanto discurso vacío, tanto clientelismo. Su compañeras de la Asociación la escucharon pacientemente, sorprendidas porque hacía tiempo que no le escuchaban esos arranques. Los políticos presentes aguantaron el chaparrón, haciendo gala de paciencia y oficio. Luego hubo un par de preguntas más, sobre todo para relajar el ambiente, y se disolvió la reunión. Ella salió la última, un poco avergonzada. Pero de alguna manera también contenta. Porque ese arranque debía suponer que aún no había perdido todas las esperanzas de que la política y los políticos fueran, al fin, un servicio público, una apuesta por el bien común. Su escepticismo no era, pues, incurable.

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Gonzalo Revilla

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