La victoria del neosandinismo

Dieciséis años después de su derrota electoral de 1990 -contra Violeta de
Chamorro-, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) volverá al
gobierno a partir del 10 de enero del 2007. Con más del 38 % de votos –
casi 9 puntos de diferencia sobre el candidato neoliberal Eduardo
Montealegre-, Daniel Ortega se alzó con la victoria en la primera vuelta
el domingo 5 de noviembre.Lejos están ya en la memoria las jornadas de lucha guerrillera contra la
dictadura somocista que lo catapulcaron al poder el 19 de julio de 1979 en
medio de una insurrección popular triunfante única en la historia de
Latinoamérica.

Y también distante la terrible guerra de los ochenta, que promovida por
los gobiernos estadounidenses dejó un país con más de 50 mil víctimas y 17
mil millones de dólares en pérdidas directas e indirectas.

La vuelta del FSLN significa la superación de los fantasmas del pasado y
de los miedos a una posible guerra reeditada. Pero más particularmente,
implica el hastío de amplios sectores de la población a las repetidas
recetas neoliberales aplicadas por los tres gobiernos post-sandinistas :
Violeta de Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños .

Los que instauraron un modelo excluyente que condena hoy a un 70 % de la
población a la pobreza extrema con menos de 2 dólares diarios. Y que en el
año 2006 descartó del sistema escolar a un millón de niños que no pudieron
acudir a las aulas. En un país que – con guerra y todo- en 1990 contaba
apenas con un 13 % de analfabetismo, flagelo que hoy vuelve a golpear a
casi el 40% de los nicaragüenses.

LA “RESURRECCION” DEL FSLN

La victoria del FSLN se debió a fuerzas propias, a debilidades de los
adversarios y a una ley electoral diseñada a su propia medida.

Tal como lo señala el padre Arnaldo Zenteno, jesuita comprometido con las
Comunidades Eclesiales de Base de Nicaragua, “el Frente hizo una campaña
inteligente”. Que consistió en la visita casa por casa de parte de sus
militantes; enarboló un discurso positivo-propositvo; dándole atención a la
juventud e implementando una política de alianzas que a pesar de su
naturaleza contra-natura se mostró rentable.

El FSLN, con el apoyo internacional de Venezuela – y su promesa de
suministro petrolero- y Cuba, en los últimos meses antes de las elecciones
se reacomodó drásticamente en la escena nacional.

Postuló como candidato a la vicepresidencia a Jaime Morales Carazo, gran
empresario somocista y antiguo jefe “contra”. E hizo la paz con la
jerarquía católica, lo que le permitió contar con el apoyo tácito del
Cardenal Obando y Bravo, durante de la década de los ochenta principal
enemigo de los sandinistas.

La “readaptación” del discurso ideológico sandinista, condenando por
ejemplo el aborto terapéutico, y las imágenes recurrentes de “paz, amor y
reconciliación”, las más usadas en la campaña, presentaron otra figura de
Ortega. Que borró de la campaña el histórico himno del FSLN con su
consigna “luchamos contra el yanquee, enemigo de la humanidad”. Instalando
en su lugar, la canción “Demos una oportunidad a la paz” del menos
confrontativo John Lennon.

Al mismo tiempo, Ortega anticipó el combate al “capitalismo salvaje”,
aunque sin por ello renunciar a los acuerdos de Libre Comercio ya
suscritos entre Nicaragua y Estados Unidos y mucho menos a las
negociaciones marco con el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional.

Las tres primeras semanas después de las elecciones, la cúpula sandinista
se apresuró a reiterar el respeto total a las exigencias del FMI para
Nicaragua, “las que coinciden con el programa electoral del FSLN” según el
comandante de la revolución Bayardo Arce Castaño. Tranquilizando a los
empresarios nacionales y extranjeros; reasegurando a los inversionistas
externos; lanzando una señal directa de gobernabilidad y apostando crear
condiciones de relaciones correctas con Washington y los mercados
internacionales.

El que llega al gobierno el 10 de enero próximo será un “nuevo” proyecto,
no confrontativo, conciliador, bendecido por la jerarquía católica,
“neo-sandinista”. Que supo aprovechar no sólo de la división de sus dos
adversarios “neo”- liberales sino también de la debilidad de los
sandinistas disidentes. Quienes, con la denominada Renovación Sandinista,
no lograron siquiera el 7 % de los votos, habiendo postulado a Edmundo
Jarquín, candidato sin carisma, yerno de Violeta de Chamorro y durante los
últimos diez años funcionario de instituciones internacionales.

Otro factor decisivo de la victoria sandinista fue la nueva Ley Electoral,
nacida a fines de los noventa de la negociación (“pacto”) del Frente y del
Partido Liberal del antiguo presidente Arnoldo Alemán hoy condenado por
corrupción y malversación de más de 100 millones de dólares.

Según dicha ley, para ganar en las urnas, el candidato más votado debe
obtener al menos el 40 % de los votos. O en su defecto, más del 35 % de los
sufragios emitidos pero con una diferencia de al menos 5 % por sobre el
segundo.

De esta manera el FSLN se benefició de una Ley hecha a su medida. Ya que en
las elecciones anteriores había contado siempre con un electorado fiel de
cerca del 30 % del padrón pero sin posibilidad alguna de alcanzar el 50 %
de sufragios -la mitad más uno – tal como lo estipulaba la anterior ley
electoral modificada con el acuerdo del FSLN y de Alemán.

LA ALEGRIA POPULAR

El 5 de noviembre a la noche y los días siguientes, la gente empobrecida,
la base social natural e histórica del sandinismo, festejó la victoria.
Aunque no tuvo ribetes de una nueva insurrección ciudadana, la fiesta fue
intensa, emotiva y masiva en barrios populares de la capital y en zonas
campesinas de los históricos bastiones “roji-negros”, como Matagalpa,
Estelí y Chinandega, entre otros.

Para ese importante sector el festejo tenía mucho de revancha. Más
histórica que política. Más simbólica que programática…

La disyuntiva de fondo, sin embargo, será el tipo de proyecto de gobierno
que impulsará en esta nueva etapa el FSLN con su variante neo-sandinista.
Con acuerdos con importantes sectores empresariales nacionales (el
vicepresidente dirigiría la política económico-financiera) y bajo el ojo
siempre amenazante de Washington, aunque hoy un tanto debilitado por la
propia derrota electoral legislativa republicana del 7 de noviembre pasado.

La apuesta de futuro: la sensibilidad social histórica del sandinismo. Y en
ese sentido, las repetidas promesas de sus dirigentes de convertir la lucha
contra la miseria en el principal objetivo de gobierno. Con la posibilidad
real que el apoyo petrolero venezolano destrabe la actual crisis energética
que desde meses tiene semiparalizado al país centroamericano.

Todo esto en una coyuntura latinoamericana que a diferencia a los años
ochenta se perfila hoy como mucho más favorable para tener amigos y apoyo
internacional que puedan confrontar, incluso, la desconfianza de los
gobernantes norteamericanos.

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