La zanja

Tumbado en el suelo boca arriba, esperando que alguien se percatara de su presencia, meditaba sobre su situación, al final había caído en la trampa. Y tenía que ser precisamente esa noche. Había sorteado aquel obstáculo cuando, recién nacido su nieto, habían abierto la calle para meter los cables del teléfono. Lo había logrado evitar cuando, dos meses después, la habían abierto para las conducciones de gas natural. Consiguió evitar una caída cuando la compañía de suministro eléctrico cambió el cableado, a los tres meses de lo del gas. Especialmente difícil fue no caer cuando alguien de la constructora que arreglaba los tubos del agua olvidó señalar la presencia de aquel canal abierto, poco después del cambio de cables eléctricos. No había tenido dificultades cuando una nueva compañía de teléfonos abrió todas las calles para meter otra red de cables de fibra óptica, para entonces ya se había habituado a la situación y detectaba los agujeros en la calle casi sin verlos, le bastaba el olfato. Pero aquella noche había bajado la guardia, tal vez por la prisa, tal vez porque no había prestado demasiada atención al cambio de acerado o tal vez porque precisamente esa noche tenía un asunto más importante entre manos. Esa noche se jugaba la reelección como alcalde, el debate al que acudía era decisivo. Se hablaría de un asunto que indignaba especialmente a los ciudadanos: la proliferación de obras ridículas.

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Javier Rodríguez

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