Las amigas

El menú de la cena solía ser el mismo casi todas la noches: un yogur.
Era una decisión casi obligada, tomada por ella misma desde que el insomnio desapareció a la misma vez que las malas digestiones.

A su edad ya no le entusiasmaba la televisión, con lo que llenaba las noches de lectura y música. A sus setenta y dos años había logrado reunir una importante biblioteca que conservaba en la habitación más cuidada de su enorme piso en el centro de la ciudad.

Las noches le relajaban, después de vivir mañanas y tardes absurdas y vacías. Las tardes de café con amigas llenas de conversaciones insulsas y, en ocasiones, incoherentes le aburrían. Ya no le unía nada, o casi nada, a ese grupo. Aparte de su soltería, y de las rutinarias tertulias.
Siempre esperaba a la noche. Le encantaba pasar el tiempo en compañía de su lectura. Y sobre todo esperar a las doce para llamar por teléfono a su amiga.

La amiga que la escuchaba todas las noches, excepto fines de semana. Con ella compartía lo absurdo de sus tardes, los comentarios literarios, lo que ocurría en su ciudad. Variaba sus temas en proporción directa con su estado de ánimo. Se quejaba de políticos, de la economía, de la inseguridad ciudadana, del terrorismo. Se alegraba del buen tiempo, de los árboles en flor, de la lluvia en época de sequía, de los tiempos pasados…….

Todo, absolutamente todo, se lo contaba a su amiga. Lástima que su amiga solo le pudiese atender diez minutos cada noche, en las grandes y misteriosas ondas de radio que le separaban.
Había que recibir por teléfono a mas oyentes. Otros que necesitaban de la escucha diaria. Otros que vivían con la pobreza más desconocida, la soledad.

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