Las buenas intenciones

Se le acercó – que no es poco-, y se interesó por su vida: ¿cómo te encuentras?, ¿necesitas algo?, ¿donde vives? . Las preguntas sonaban bien, aquella voz era cálida y su rostro mostraba preocupación sincera. Le miró y estuvo tentado de contestarle, como si quisiera creer que alguien se preocupaba. Le contó entonces algo de sus penurias, de las estrecheces y el frío, de la casa que tuvo y de que no llega ni a principio de mes. No era la primera vez que se le acercaban sin tener que pedir y, por un momento, se sintió visible y bien tratado. Puede que sintiera la necesidad de creer que las intenciones de su interlocutor eran verdaderas, pero la vida le había hecho desconfiar de los “buenos” por que de los otros ya sabía cómo protegerse. Intentó pensar que esta vez era distinto, y, aun sin conocerle, le contó dos o tres cosas más, pero los recuerdos no le dejaron seguir; entonces miró las luces que poblaban el firmamento urbano, los escaparates y las bolsas, y recordó que era Navidad. Mañana será otro día, se dijo, hoy sacaré algo, no sea que se le olvide que sigo aquí.

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