Las Diputaciones

Hay cosas fáciles de criticar. Unas porque la imagen que tenemos de ellas es más bien mala: los coches oficiales, los sueldos vitalicios… Otras porque desconocemos su fundamento y su utilidad: como las diputaciones. A uno le dicen: “vamos a quitar todos los coches oficiales” y se imagina al promotor de esa idea subastando lotes de coches de lujo y si lo que le dicen es: “vamos a quitar las diputaciones” no piensa en los servicios públicos que gestionan estos organismos si no en los escandalosos casos protagonizados por algunos oscuros presidentes de diputación o en las inútiles infraestructuras que estos han construido.

Dan estos temas para ser muy categóricos y ocurrentes en las conversaciones del bar: “a todos los funcionarios los ponía yo a picar piedra”, “con los sueldos vitalicios de los diputados se podría…”, “¿y por qué no nos ponen un coche oficial a todos?”… pero no estaría de más un poquito más de rigor y de seriedad cuando de dar ruedas de prensa y presentar pactos de gobierno se trata.

Y hay que ser muy serios porque, lo mismo que poner a picar piedra a todos los funcionarios provocaría un caos monumental, al abandonar estos sus puestos en hospitales, colegios, servicios sociales…, la supresión total de los coches oficiales provocaría algún que otro incumplimiento en las funciones de nuestros representantes públicos y no ofrecerle a los cargos públicos un mal ordenador implicaría que no podrían trabajar…, si eliminamos, sin más, la diputación estaríamos cerrando, de golpe, los Servicios Sociales que atienden a la población de los pueblos más pequeños, muchos servicios de recogida de basura, el mantenimiento de carreteras entre muchos puntos de la provincia…

Lo bueno del ambiente actual es que se está poniendo en cuestión todo. Para qué sirve esto o aquello. No dar por sentado que hay que seguir haciendo las cosas como se estaban haciendo. Desde ahí, renunciar a lo superfluo o contraproducente: planes de pensiones o sueldos desproporcionados, comisiones opacas, dietas injustificadas…, reducir al mínimo los recursos de apoyo: coches oficiales, equipos informáticos… y evitar duplicidades obligando a la coordinación entre administraciones, aunque sean de distintos signos políticos.

Pero cambiarle el nombre a organismos, eliminar los que gestionan servicios públicos o pasar sus competencias a otros más opacos no tiene ningún sentido.

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Javier Rodríguez

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