Las no vacaciones de Aisha

Cuando llegaron al puerto no gritó de alegría, sólo suspiró. Durante la travesía creyó que el mar la engulliría, no sabía nadar y jamás había visto unas olas tan grandes; cualquier golpe de mar la hubiese matado. Un milagro hizo que un barco de salvamento español les remolcara a puerto. Miró al resto de habitantes de aquella improvisada barcaza y se sorprendió al ver cómo muchos gritaban de júbilo, ella sin embargo, tras suspirar, sólo pudo mirar con preocupación: ¿Y ahora qué?, se preguntó. A esa pregunta se la contestaron a Aisha tras descansar durante tres días en un polideportivo improvisado, la respuesta fue que ahora a un Centro de Internamiento para Extranjeros, un CIE, mientras se resolvía su expediente de expulsión. No entendió nada. Y desde hace año y medio sigue preguntando cada día a todo el que se pone a tiro ¿y ahora qué?, y sigue asustada, encarcelada, sin saber por qué ni hasta cuándo. Aisha pasa su segundo verano sin vacaciones en España.

 

El plan era buscar un empleo pronto, empezar a enviar dinero a través de su primo de Freetown, en Sierra Leona, y que su hermano pudiese viajar con sus dos hijos. Él era fuerte y podría aguantar mejor el viaje con los niños, y sobre todo era varón. Aisha es una mujer muy precavida, nunca deja cabos sueltos en sus planes. Es extremadamente pulcra, quizás por eso lleva tan mal el olor desagradable y la falta de higiene en ese maldito lugar. La doctora que la atendió la semana pasada le dijo que sus problemas estomacales tienen que ver con la angustia que vive, que debía intentar acostumbrarse a esas condiciones de vida hasta que pudiese irse de allí; en cuanto escuchó aquello lloró desconsolada.

 

Aquel CIE era como todos, un lugar donde almacenar personas hasta que se viese que se podía hacer con ellos o los internos pudieran escapar. Hace dos años murió allí una congoleña, y parece que al menos los periódicos miran algo más a Aluche para ver lo que ocurre, pero poco ha mejorado por allí. Dos voluntarias de una ONG le han dicho que están estudiando su situación para intentar sacarla de allí, para lograr un reagrupamiento familiar, y desde entonces algo de esperanza se ha abierto paso, pero cada día que pasa apaga por culpa de ese maldito olor, no lo soporta, huele a cárcel. Ella anduvo más de mil kilómetros, cada día ida y vuelta, para estudiar ingeniería agrónoma en la Ngala University, y lo hizo para poder trabajar, no para pudrirse en aquella cárcel madrileña.

Aisha sigue sin vacaciones, nunca las tuvo, pero ahora a ella sólo le importa el ¿y ahora qué?, ¿alguien sabe algo?

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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