Las no vacaciones de Alejandro

En Solidaridad con Carlos y Carmen. Luchadores

 

Alejandro pensará mucho en el encuentro que tuvo en el chiringuito en el que había ido a tomarse la última cerveza antes de entrar en la cárcel y a despedirse de su amigo Alberto. Había ido con otros tres amigos que le iban a acompañar en ese duro momento y sin mediar palabra un palestino se le abrazó. Había olvidado que llevaba una camiseta en solidaridad con Gaza y Hassam no pudo resistirlo: acababa de escuchar las duras noticias que llegaban de su tierra y encontrarse con alguien que mostraba abiertamente la solidaridad con su pueblo le emocionó.

Alejandro iba a entrar en la cárcel y aquello tenía que ver con el motivo por el que para él tampoco iba a haber vacaciones este año. Él era de los que todavía creía en que la lucha de los trabajadores era una lucha de clases, que hermanaba a todos los pueblos, no los dividía y por eso se sentía solidario con el pueblo palestino, con los zapatistas, con los trabajadores de Bangladesh, con los inmigrantes que arriesgaban la vida para llegar a Europa o con los niños saharauis, como Bachir, el niño que este año no había podido venir a las vacaciones solidarias a casa de su amigo Alberto.

Alejandro iba a entrar en la cárcel por una jugarreta por la que la policía había logrado colarle una ridícula historia al juez detrás de la que sólo se escondía su participación en un piquete en el que la única violencia había venido por parte de los uniformados, cuando la última huelga general. Él había leído mucho sobre la campaña de represión organizada por el gobierno, por el intento de represaliar la disidencia que había denunciado incluso Amnistía Internacional y sabía que lo suyo formaba parte de esa campaña y por eso siempre repetía que no se arrepentía de nada. Había visto el deterioro en los derechos de los trabajadores y le parecía que unos meses en prisión eran poco frente a todo eso y le hacía sentir que, desde luego, aquella huelga mereció la pena, porque su condena y esa campaña demostraban que al gobierno le había dolido.

Alejandro le parecía, además, que lo suyo era poco para lo que, por ejemplo, estaba pasando el pueblo palestino o el pueblo saharaui. Con ese ánimo iba a tomarse la última cerveza antes de entrar en prisión cuando aquel hombre lo abrazó. No pudieron evitar las lágrimas. Todo era doloroso pero la fraternidad hacía trascender el dolor, la solidaridad los hacía más fuerte y el recuerdo de aquel abrazo haría más llevaderos los largos días de encierro.

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Javier Rodríguez

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