Las no vacaciones de Ana

No daba crédito a lo que la gobernanta le estaba diciendo: no le daban permiso. Llevaba trabajando en aquel hotel como “fija discontinua” desde el mismo verano en el que aprobó la selectividad con la nota suficiente para acceder a la carrera de Enfermería. Trabajar durante Semana Santa, Navidad, algún que otro puente y todo el tiempo que va entre mayo y septiembre no había sido fácil de compatibilizar con el trabajo que suponía una muy exigente carrera. El sueldo no animaba mucho a llevarlo bien, pero necesitaba el dinero para complementar la exigua beca que le daba el Ministerio y las nulas posibilidades de ayudar que tenían sus padres. Así había llegado hasta cuarto, a duras penas, pero con un expediente bastante digno y ahora se enfrentaba al sprint final de la carrera con la certeza, después del periodo de prácticas que había hecho en el Centro de Salud de la Orden y en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Vázquez Díaz, de que lo suyo era la Enfermería.

No daba crédito a lo que la gobernanta le estaba diciendo pese a que en esos cuatro años había tenido tiempo de sobra para descubrir tantas cosas como para no sorprenderse de esta: trabajaba en el hotel a través de una ETT, que se quedaba parte de su sueldo, tenía que estar disponible para aceptar trabajar cuando la llamaran o para no hacerlo durante largas temporadas -sin retribución, claro-, el ritmo de trabajo era inhumano, cada vez tenía que dejar más habitaciones listas en menos tiempo porque “es lo que había”, para los clientes del hotel ni existía. ¿Cómo creerán estos lerdos que desaparece tal cantidad de mierda que ni a propósito se puede dejar en una habitación? Se preguntaba de vez en cuando.

Pese a ello no daba crédito a que no fuera posible que le dieran permiso para hacer los últimos exámenes que tenía pendientes para terminar la carrera. Su novio le decía que no tenían derecho, que no podían hacer eso, que la ley… pero ella sabía que esos argumentos no valían para una camarera de piso y había, incluso, preparado la posibilidad de cambiar turnos con compañeras. Pero ni eso. Por eso este verano, pese a no ser el primero en el que se perdía las vacaciones, se le haría especialmente duro. Por eso, cada cama que haría le parecería especialmente grande y las habitaciones de aquel hotel especialmente sucias. Tenía que haberlos mandado a tomar por saco. Ahora se sentía como condenada y no sabía por qué.

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Javier Rodríguez

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