Las no vacaciones de Bachir

El primer año que vino a pesar el verano, lo que más le llamó la atención a Bachir fue ver la inmensidad del mar, le gustaba sentir la brisa fresca, ese meterse entre las olas y sentirse flotar. Y lo otro que admiraba eran los grifos. ¡Mira, si aprietas aquí sale agua fresca, que se puede beber!
Se maravillaba cuando veía cómo la gente se acercaba a las duchas de la playa simplemente para quitarse la sal del cuerpo, y como todos lo veían tan normal, tan insignificante. Bueno, eso y la posibilidad de poder comerse un helado, o beber un refresco, tan fríos, sentado en la misma sombrilla, no se tenía que levantar, una persona que iba con un carrito se lo llevaba directamente a donde el estaba… ¡esto debe ser el paraíso!
Bachir es Saharaui de tercera generación, no ha conocido ni El Aiún, ni Dakhla (Villa Cisneros, como le escuchaba decir a su abuelo), sólo sabe que su familia se tuvo que ir de su tierra por una “Marcha verde”, que se refugiaron en el sitio donde él vive, al principio en jaimas, confiando en que aquello sería un asentamiento temporal, pero que poco a poco se ha convertido en una precaria ciudad con casas de adobe, en un éxodo que dura ya cuarenta años.

Este año no habrá baños en la playa, ni helados o fantas frías, este año Bachir se queda en Tindouf, con ese horrible calor y esa mezcla de incomprensión y rabia de un niño que no entiende los porqués. Bachir pasaba el verano con la familia de Alberto, sí, ese otrora trabajador de la construcción que traía un buen sueldo a casa y que hoy está de temporal en el chiringuito del que antes era cliente. A Alberto ahora apenas le llega para seguir pagando la hipoteca y además se tira todo el día en el chiringuito, imposible hacerse cargo de Bachir en estas circunstancias.

Si Bachir no lo entiende a Alberto le duele mucho más. Sabe que si su situación es precaria, la de la familia de Bachir lo es mucho más, lo sabe porque una vez pudo ir con la asociación de amigos del pueblo saharaui a visitar Tindouf. La familia de Bachir lo acogió como a un hijo, le dio lo que no tenían y pudo comprender por qué Bachir miraba con tanta admiración los grifos de la ducha de la playa, y las fantas frías y los helados.

La solidaridad une a personas que jamás pensaron quedarían unidas en un destino común, y también hace que sufran las consecuencias cuando vienen mal dadas. Bachir este año se quedará sin playa.

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Victor Rodríguez

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